
¿Cuáles son los 9 límites que ya cruzó la humanidad? El agrónomo y periodista uruguayo Eduardo Blasina publicó un libro clave sobre cambio climático y nosotros compartimos un capítulo
Nadie puede decir que Eduardo Blasina no provenga del “riñón del agro”. Nacido en Montevideo y recibido como ingeniero agrónomo en la Universidad de la República, con los años se convirti?...
Nadie puede decir que Eduardo Blasina no provenga del “riñón del agro”. Nacido en Montevideo y recibido como ingeniero agrónomo en la Universidad de la República, con los años se convirtió en uno de los principales periodistas especializados en el agro de Uruguay y toda la región. Actualmente dirige el programa Tiempo de cambio en Radio Rural.
Desde esta pertenencia clara, Blasina acaba de publicar un libro fundamental para entender y debatir los desafíos climáticos que enfrenta el planeta. Avisa en la contratapa: “La humanidad tiene ante sí un camino que se bifurca: elegir entre un callejón evolutivo sin salida, que conduce a la degradación de su único hogar, o continuar la senda de una evolución inteligente, capaz de restaurar un planeta dañado”.
Le hemos pedido permiso a Blasina, que es amigo de Bichos de Campo, para publicar un capítulo de su libro “El filtro de la evolución”, porque creemos que también es necesario propiciar este debate en el agro argentino. Elegimos el capítulo 10, que habla sobre “los límites cruzados y los puntos de no retorno”.
Límites cruzados y puntos de no retorno
El riesgo ya no es un cambio climático gradual. El riesgo es la desestabilización del sistema terrestre.
johan rockström
Nada es tan doloroso para la mente humana como un cambio grande y súbito.
mary shelley
Hemos descrito las causas y las consecuencias del deterioro de la biósfera y la atmósfera. ¿Cuánto deterioro es mucho? ¿Cuánto es demasiado? ¿Cuánto riesgo e inestabilidad podemos aceptar? ¿Dónde están los límites? ¿Dónde las líneas amarillas que ya hemos cruzado y dónde las líneas rojas por cruzar? Cuando determinados límites de deterioro se cruzan, las complicaciones se hacen más frecuentes y grandes.
Hubo un tiempo en que la humanidad tenía menos población, menos tecnología, menos consumo y el planeta parecía infinito. Vivíamos con lo que el planeta tenía para ofrecernos. Antes de que James Watt desarrollase la máquina a vapor, hacia 1775, cuando despegó la Revolución industrial, la humanidad no podía percibir un cruce de límites. Aunque ya había provocado extinciones de animales, ya había talado selvas y bosques, el crecimiento poblacional generaba presiones, todavía vivía dentro de los límites de la naturaleza de una manera que, estabilizada, era sostenible.
La invención de máquinas capaces de usar la energía almacenada durante 500 millones de años en el subsuelo generó un crecimiento económico, poblacional y de consumo sin precedentes.
La humanidad no tenía hasta hace algunas décadas el conocimiento científico suficiente que le permitiera entender el funcionamiento de la atmósfera y el planeta. Las consecuencias de talar bosques, quemar leña y carbón y depositar en la atmósfera gases no se conocían. Había ya inundaciones y sequías, pero no una trayectoria definida de deterioro tan marcada como la que se da en el presente.
La variabilidad climática existía dentro de parámetros manejables y cada muchos años ocurrían fenómenos extremos e incendios naturales. El impacto de la actividad humana sobre el clima era todavía pequeño. La frecuencia de eventos climáticos extremos era más baja que en el presente y la temperatura tendía levemente a la baja. Ríos que hoy fluyen todo el año, como el Támesis de Londres, a principios del siglo xix se congelaban en invierno. Los londinenses patinaban y se divertían en las llamadas frost fairs (ferias de hielo) que se celebraban en sus aguas congeladas, la primera organizada en 1608 y la última en 1814.
Las emisiones de gases a la atmósfera y la sustitución de áreas silvestres crecieron gradual, pero aceleradamente, durante el siglo xix: leña quemada, carbón… Esa lógica se acentuó en el xx con el petróleo y el gas natural, protagonista del siglo xxi. Pero eso es solo uno de los aspectos de un problema más amplio: lo que se deteriora es el conjunto. El cambio climático es el principal de los límites que estamos cruzando, no el único. Y es además el que se conoce desde hace más tiempo, sin que logremos revertirlo.
Los sistemas vitales clave del planeta son nueve (los detallaremos a continuación) y fueron explicados por primera vez, en 2009, por un grupo de 28 científicos, liderado por Johan Rockström de la Universidad de Estocolmo. Este método de análisis del funcionamiento del planeta evalúa y mide el impacto que las actividades humanas tienen sobre su funcionamiento.
En 2023 la evaluación concluyó que seis de los nueve se han transgredido. El sistema planetario, como nuestro propio cuerpo, es capaz de tolerar un desequilibrio de determinada magnitud, durante un período de tiempo. Pero eso no es ilimitado ni puede ser permanente. Cruzar estas fronteras aumenta el riesgo de generar cambios abruptos o irreversibles a gran escala. Los impactos no son necesariamente inmediatos ni drásticos, pero indican que vamos ingresando en un umbral crítico de riesgos para la biósfera de la que formamos parte y, por lo tanto, para la sociedad. Cuanto más se superen, con más certeza derivarán en problemas graves que pueden retroalimentarse, como un efecto dominó o un castillo de naipes.
Estos sistemas planetarios son interdependientes. La estabilidad del clima durante los últimos 10.000 años, que permitió el desarrollo y la prosperidad de las sociedades humanas, proviene de las complejas interacciones de los procesos biofísicos dentro del sistema terrestre. Esto significa que no podemos considerar los límites planetarios de forma aislada. Las acciones que afectan a un proceso aumentarán los riesgos de los demás. Solo respetando los nueve límites podremos mantener un espacio operativo seguro para la humanidad.
La era industrial trajo el uso de fertilizantes, la expansión de las áreas agrícolas y otras transformaciones. Los límites planetarios muestran que el calentamiento global y los cambios climáticos resultantes son apenas algunos de los tantos desequilibrios en la salud del planeta.
A lo largo del tiempo varias advertencias fueron hechas sobre la necesidad de tomar en cuenta esa finitud planetaria para preservar los equilibrios fundamentales, de modo que la vida humana pueda seguir aspirando a la estabilidad y felicidad.
La comprensión de la necesidad de cuidar los límites tiene antecedentes que incluyen la ciencia económica. En los años 1980 se publicó Los límites del crecimiento y se formó el Club de Roma, que intentó advertir el riesgo de transgredir las fronteras de lo que el planeta tiene para ofrecernos. Hasta 2025 ninguna advertencia se ha escuchado.
De modo que el calentamiento global y el cambio climático son apenas la parte visible de algo más vasto que abarca desde la erosión a la contaminación con plásticos, la pérdida de biodiversidad, la alteración de los ciclos de ciclos biológicos y otros aspectos de un proceso de deterioro múltiple cada vez más insostenible.
A pesar de la perspectiva sistémica intrínseca del marco y la naturaleza potencialmente sinérgica de las transgresiones de límites, el nivel de deterioro para un límite planetario determinado generalmente se cuantifica sin tener en cuenta el estado alterado de los otros.
Los límites que los científicos monitorean
De los nueve límites fundamentales, ya se han cruzado seis.
1. El primer límite: el aumento de la temperatura planetaria a 1,5 ºC
Es el más notorio, el más importante cambio de la temperatura media global en superficie desde la era preindustrial (1850-1900). Ese límite se venía rozando a partir de 2020, y por primera vez se traspasó en 2024. Esa es la línea amarilla. No puede afirmarse que estructuralmente hayamos cruzado el 1,5 ºC, pero ya haberlo superado en un año es una señal alarmante. Una alteración de 2 ºC nos haría entrar a una zona roja, algo que se creía que sucedería alrededor de 2050, pero dada la aceleración ocurrida en 2023 y 2024 podría estar más cerca.
El exceso de temperatura es una consecuencia de otros límites cruzados; deberíamos retornar a la atmósfera a un contenido de dióxido de carbono por debajo de las 350 partes por millón. En 2024 estaba por encima de 420 partes por millón. El riesgo se vuelve extremo por encima de 450 partes por millón, a las que llegaremos en breve. El récord de temperaturas volverá a superarse probablemente en 2026 y 2027.
2. Deterioro de la biósfera
La pérdida de biodiversidad es otra tendencia acelerada. Más de un millón de especies de las ocho millones que existen, entre plantas y animales, están en peligro de extinción. Las especies domésticas dominan una proporción creciente de la superficie del planeta y se modifica el entorno para su alimentación. El límite de la biósfera es uno de los que todavía no están bien cuantificados, pero según los investigadores del centro de Estocolmo todo parece indicar que ya lo hemos cruzado. Estamos en plena sexta extinción masiva de especies, algo que ocurre cada decena de millones de años.
Este deterioro tiene un componente genético, de pérdida de la biodiversidad, y otro componente funcional. Por ejemplo, ecosistemas más débiles que normalmente protegerían la calidad de los cursos de agua, al quedar debilitados, no pueden cumplir esa función, y de esa manera el agua se contamina más rápidamente con nitrógeno y fósforo, acelerando el deterioro de otro de los límites planetarios.
A mayor diversidad biológica, mayor estabilidad de la biósfera que habitamos. Y viceversa.
3. Cambios en el uso del suelo
Este límite se relaciona con el anterior. La pérdida de biodiversidad más radical ocurre cuando un área silvestre se sustituye para hacer agricultura, ganadería, urbanizar, construir instalaciones industriales, carreteras o gasoductos. Este factor refiere a los cambios que realizamos sobre el suelo original, silvestre. El avance colonizador va reduciendo cuanto permanece como selva primaria, bosques y pastizales nativos, áreas de bañados y manglares sin alterar; y así con los distintos ecosistemas silvestres. Estos se van sustituyendo para actividades que den un rédito económico.
La expansión de la ganadería sobre áreas selváticas, de la agricultura sobre pastizales, de la minería y la urbanización llevan a que haya un cambio de uso original del suelo que sustituye la vegetación original y su fauna silvestre asociada por algo menos biodiverso y con menos funciones ecosistémicas, muchas veces generando erosión o zonas donde la vida se sustituye por pavimentación. En la actualidad, la mitad de la superficie terrestre habitable (dejando a un lado glaciares y desiertos, por ejemplo) está dedicada a usos agrícolas. Este es otro de los puntos críticos que hemos superado. De acuerdo con el biólogo Edward O. Wilson, aproximadamente la mitad de la superficie del planeta debería permanecer silvestre para asegurar la estabilidad de las condiciones aptas para la vida humana. Se ha superado este límite, y la tala de selvas y la pérdida de pastizales nativos continúan sin final a la vista.
4. Cambios en el agua dulce
Este factor tiene dos componentes principales: el agua superficial que fluye, llamada azul, y los niveles freáticos, es decir, de agua en el subsuelo, llamada agua verde. Naturalmente, es imprescindible para la vida. Hoy el agua se ve afectada por el derretimiento de los hielos, el abuso del riego (que altera la presencia de agua subterránea por exceso de extracción por perforación), el exceso de nitrógeno, fósforo y plásticos derivados de la fertilización, los residuos urbanos e industriales, y el daño a la vegetación circundante de los cursos de agua.
El agua dulce es solo el 2,5% del total de agua del planeta, pero todavía está en el área segura, aunque va acercándose al límite rápidamente. Esto dicho en términos promedio. Medio Oriente y el norte de África están en una situación crítica que empeora y agudiza los históricos conflictos que generan destrucción y pobreza.
El agotamiento de la disponibilidad de agua dulce exacerba conflictos bélicos y migraciones, un proceso de deterioro social ya en curso. El derretimiento de los hielos por el calentamiento hace muy difícil revertir la tendencia. El agua “dulce” es cada vez menos y su calidad peor. Ahí está otra frontera ampliamente superada.
5. Ciclos de nutrientes alterados; nitrógeno y fósforo en exceso
Este es uno de los límites que se han sobrepasado en una proporción mayor y que el público menos conoce. Se relaciona fuertemente con el límite anterior. Cada año usamos y liberamos al ambiente unos 200 millones de toneladas de nitrógeno y unos 20 millones de toneladas de fósforo.
Estas cifras son muy superiores a lo que los ecosistemas pueden absorber de manera segura. Lo que la interferencia en flujos biogeoquímicos y la llegada de cantidades masivas de nitrógeno y fósforo a los cursos de agua generan es algo poco visible para los habitantes urbanos y tiene un fuerte efecto dominó que pone en riesgo otros límites como la biodiversidad de los cursos de agua y los océanos. Este no es el único tipo de contaminación que sufren las aguas; es el límite que ha sido superado por mayor distancia.
La agricultura no es la única fuente de nitrógeno y fósforo en las aguas. El crecimiento industrial y las grandes urbes con sus vertidos también han contribuido a traspasar ampliamente este límite. Cabría agregar el vertido de plásticos como un factor de deterioro en este y otros de los nueve límites planteados.
La llegada de nitrógeno, fósforo y otros químicos al agua provoca: crecimiento descontrolado de algas (el río se tiñe de verde o marrón); consumo de oxígeno (al morir las algas, las bacterias que las descomponen usan casi todo el oxígeno disponible); agua con mal olor y mal sabor, que ya no sirve para beber ni para recreación; muerte de peces y pérdida de biodiversidad, porque sin oxígeno la vida acuática desaparece.
6. Contaminación e irrupción de nuevas entidades químicas
La innovación tecnológica genera nuevas sustancias y moléculas cuyo efecto en el ambiente no es del todo conocido. El aumento en la concentración de sustancias con efectos tóxicos crece sin parar desde mediados del siglo xx. Desde metales pesados e hidrocarburos hasta micro y nanoplásticos, todo tipo de sustancias de origen humano se acumulan hoy en cualquier rincón del planeta, incluso en los más remotos.
Este límite es de difícil evaluación, pero se sabe que está superado ampliamente. Y en lo que refiere a la vida de los océanos, se relaciona estrechamente con el siguiente límite.
7. La acidificación de los océanos
Como ya fue explicado, el aumento de dióxido de carbono en la atmósfera, además de retener calor, genera un ingreso adicional de carbono en los océanos.
El dióxido de carbono atmosférico que se absorbe por los océanos se convierte, una vez en el agua, en ácido carbónico. La acidificación pone en riesgo la vida de los océanos; en primer lugar, a los seres vivos que dependen de caparazones calcáreas como caracoles marinos, mejillones y almejas. Este es uno de los tres límites que no están superados, pero es muy difícil de revertir. Tiene un claro efecto dominó en la pérdida de biodiversidad que ocurrirá si la acidez cruza los límites tolerables por la vida marina.
Es un límite que ilustra la dificultad para que el público general entienda la gravedad de lo que sucede. En 1850, el pH superficial del océano era de aproximadamente 8,2. Hoy está en torno a 8,1. Esa diferencia parece muy pequeña, apenas 0,1 unidades de pH, pero en realidad significa que la acidez aumentó en torno a un 30%. Esto es así porque el pH se mide en escala logarítmica.
Para los seres marinos que construyen conchas o esqueletos de carbonato de calcio (corales, mejillones, ostras, plancton calcáreo), esta acidez extra hace más difícil fabricar y mantener esas estructuras. Se debilitan ecosistemas clave como los arrecifes de coral, que son el hogar de miles de especies marinas y que ya padecen por el aumento de temperatura del agua.
8. La destrucción de la capa de ozono
Esta capa gaseosa nos protege de los rayos ultravioletas, a los que no estamos adaptados y que resultan cancerígenos. El adelgazamiento de la capa de ozono, debido principalmente a las emisiones de sustancias químicas, lleva a que una mayor cantidad de radiación ultravioleta llegue a la superficie terrestre, lo que genera daños a la salud, especialmente a la visión, y un aumento en las tasas de cáncer.
La capa de ozono fue severamente dañada a lo largo del siglo xx, pero desde fines del siglo pasado se han tomado medidas para restablecerla, en lo que puede considerarse el único caso de éxito en el acuerdo de pautas que impliquen a la humanidad para no dañar al planeta.
El Acuerdo de Montreal, negociado en 1987 y que entró en vigor en 1989, en una época en la que parecía que la humanidad podía acordar vivir en armonía y libertad, es una de las victorias en torno al desafío de regular. Desde entonces no ha habido experiencias de esta magnitud para celebrar.
El ozono total se está recuperando lentamente gracias a la eliminación gradual a nivel internacional de las sustancias que lo agotan. Por lo tanto, el agotamiento del ozono se encuentra actualmente en el Espacio Operativo Seguro. Es un caso esperanzador.
9. Atmósfera: cargada de aerosoles
Es el conjunto de partículas que emitimos al aire que genera daños: este es el límite que menos comprendemos y el que, por ahora, está peor cuantificado. En este caso, se da una situación paradojal. Algunos aerosoles, como los sulfatados, contrarrestan el calentamiento, pero son perjudiciales para la salud humana, por lo que se busca eliminarlos, por ejemplo, de los combustibles fósiles. Al eliminarlos para proteger la salud, se acelera el calentamiento. Algunos aerosoles reflejan la luz solar, pero otros acentúan el efecto de calentamiento y la mayoría de ellos son partículas muy pequeñas que al llegar a nuestros pulmones los dañan.
El problema ambiental, un conjunto de problemas
Esta forma de ver el desequilibrio se relaciona con otra que agrupa las exigencias que el funcionamiento de la civilización humana impone a los recursos del planeta. Esta medida agrupada también muestra cómo se le extrae al planeta mucho más que lo que puede sostener. Por eso se calcula para cada año el día en el que empieza la deuda ecológica, o el llamado Día del Sobregiro, el Overshoot Day.
El Día del Sobregiro es ese día del año en el que ya usamos los recursos que serían renovables y entramos en el endeudamiento de la Tierra. Se calcula dividiendo la biocapacidad del planeta (la cantidad de recursos ecológicos que la Tierra es capaz de generar ese año) por la huella ecológica de la humanidad (la demanda de la humanidad para ese año), y multiplicando por 365 (el número de días de un año). A partir de la magnitud del sobregiro, se deduce en qué fecha se cruza el límite. Previsiblemente eso sucede cada vez más temprano. Cabe destacar que Uruguay es el país más sustentable de acuerdo a este indicador. En 2024, el día de comienzo de la deuda ecológica a nivel global ocurrió el 1º de agosto. De ahí en adelante los recursos que se usan no son restituibles, significan un daño para el planeta y ponen en riesgo la oferta futura de los recursos.
Este criterio de límites para preservar la salud planetaria es extrapolable a nuestra propia salud. ¿Qué límites debemos preservar para vivir sanos? Eso merecería un libro aparte, pero, como el gran tema es el calor, introducimos un límite clave para la vida humana. En el planeta, un aumento de temperatura de más de tres grados es muy grave; en nuestro cuerpo significa una temperatura tres grados por encima de lo normal, más de 39 °C. También algo complicado. Cada vez más gente muere directamente de calor, por lo que es importante conocer mejor los límites del cuerpo humano para resistirlo.
Cruzar puntos de no retorno
Un punto de no retorno en términos matemáticos es un punto de inflexión en cualquier sistema complejo. Es aquel en el cual un pequeño cambio hace una gran diferencia y modifica el estado o el destino de un sistema. Luego de que sucede ya no hay marcha atrás y por lo tanto genera un cambio estructural. El castillo de naipes se derrumba.
En el tema que nos ocupa, este es un concepto importante porque involucra a muchos sistemas que están en peligro. Por un lado, se cruza el límite de lo sostenible; por otro, se arriesga a cruzar un límite más estructural de daño irreparable. Tiene que ver con el cuidado de la salud de la Tierra, y también con el cuidado de nuestra propia salud, el manejo de la salud animal, de los cultivos o áreas silvestres cuando enfrentan problemas. Son varios los componentes del organismo planetario que están en un peligro cada vez mayor, y una vez cruzado el límite de deterioro no tienen reparación posible.
Las selvas han sido comparadas muchas veces con los pulmones del planeta. Es evidente el daño creciente que enfrentan. Es inevitable compararlo con un fumador compulsivo, adicto. El daño que le provoca un cigarrillo individualmente es mínimo, y él puede considerarlo incluso inexistente. Puede hacer deporte y pensar que por esa vía elimina todo rastro de daño. Puede seguir fumando y asegurar, sinceramente convencido, que no nota un cambio relevante en su cuerpo mientras sigue deteriorando sus pulmones. Tose, pero quién puede asegurar que la tos la cause el cigarrillo. Siempre ha tosido, un poco más o menos. Todas las personas tosen. El diferimiento en el tiempo entre la causa del daño y su efecto trampea al que incurre en el error de talar la selva o fumar. Y quien es adicto al dinero o la nicotina siempre encontrará atajos para el autoengaño respecto a la gravedad de sus actos.
Son frecuentes los razonamientos de autoengaño para minimizar la situación que se atraviesa cuando cuesta cambiar un hábito. La estructura de los pulmones planetarios se va alterando hasta que llega un punto, un único punto, imperceptible a priori, un cierto cigarrillo o una hectárea quemada, que es la gota que desborda el vaso, que lleva el daño más allá de lo reversible. Es el punto que genera el EPOC, una enfermedad pulmonar obstructiva crónica. El daño en las paredes de los pulmones se vuelve progresivo, aunque la persona deje de fumar. El colapso de la selva se vuelve inevitable, aunque ya no se tale ni se queme más. Es tarde. Podría haberse frenado a tiempo, pero no se pudo.
Las advertencias sobre el daño ambiental y sus consecuencias climáticas sufren del mismo problema que el fumador que lleva varios años en ese hábito y desoye a su médico. Ya se han hecho advertencias, se han reiterado, y sin embargo seguimos con crecimiento económico y con una vida que tiene relativamente pocas alteraciones.
En la salud del planeta la acción de los gases de efecto invernadero, las modificaciones en el uso de la tierra en sustitución de la flora y fauna originales, el vertido de millones de toneladas de plástico, entre otras situaciones, aproximan a los sistemas a un deterioro que está cerca de cruzar los puntos de no retorno; incluso seremos testigos de estos cambios antes del 2030. Hay varios ecosistemas cuyo deterioro hace temer una degradación cualitativa.
Este concepto se relaciona con otro, necesario para entender los procesos de cambio. Cambios que suceden en forma de circuitos o bucles que se retroalimentan. Algunos bucles son estabilizadores; aumenta un poco el dióxido de carbono y las plantas crecen más. El planeta tiene innumerables mecanismos de este tipo, autorregulatorios y estabilizadores. Si fuera una bola de roca, la temperatura en el día subiría mucho más y en la noche bajaría notoriamente, y lo mismo ocurriría con la diferencia verano/invierno, mientras otros cambios que estamos forzando retroalimentan y aceleran la inestabilidad.
Un árbol de hoja caduca ayuda a regular la temperatura del suelo. Cuando los días se acortan y viene el frío, pierde las hojas y deja pasar la luz del sol; cuando los días se alargan y suben las temperaturas, se cubren de hojas y da sombra. Ese es un ciclo que amortigua las temperaturas, que previene el exceso de calor.
En la naturaleza abundan estos mecanismos que permiten sostener la estabilidad de la temperatura necesaria para la vida. La temperatura en un planeta con vida es mucho más estable que en uno no habitado. El proceso que atravesamos es de destrucción de circuitos estabilizadores y acentuación de circuitos aceleradores de desequilibrios.
En tanto el cambio climático y otros procesos de deterioro son graduales para nuestra percepción del tiempo, son vertiginosos en una escala temporal geológica o evolutiva. Las emisiones de carbono actuales son mucho mayores que las ocurridas en el pasado, incluso las que causaron grandes extinciones. El aumento de 1,5 °C, similar al del fin de la era glacial, llevó en aquel entonces 5.000 años, mientras que actualmente ocurrió en 100 años.
Para percibir un punto de no retorno es útil recordar cuando en la niñez nos tirábamos por un tobogán. Partíamos de determinada velocidad, muy lenta, pero pasado cierto punto caíamos indefectiblemente. De la misma manera, el aumento gradual de la temperatura global y la pérdida de biodiversidad hacen que, como en el juego del jenga, al retirar bloque tras bloque, en algún momento la torre no pueda sostenerse y la salida de uno más que antes no generaba cambios visibles provoque un derrumbe.
Cuando un sistema se ha vuelto frágil, el no retorno puede ser causado por fluctuaciones naturales en el clima, así como por un forzamiento externo, como el calentamiento global. Estos se denominan puntos de inflexión “inducidos por el ruido”. Un incendio accidental puede terminar por colapsar una selva degradada; una tormenta puede derrumbar los hielos que se han ido afinando.
El aspecto más preocupante de la degradación de la biósfera y del calentamiento global en la segunda década del siglo xxi tiene que ver con la proximidad del cruce de los puntos. Si por ahora las soluciones parecen difíciles y lentas, una vez que el deterioro en puntos clave se acentúe, la solución lo será más aún. Pasado un punto de no retorno, el hielo se derrite irreversiblemente, la Amazonia se degrada irreversiblemente, millones de toneladas de metano bajo los hielos del norte se liberan, las corrientes marinas se alteran y causan cambios radicales en el clima, y no hay nada que humanamente pueda hacerse para corregirlo.
Tanto la Amazonia como los hielos son refrigeradores planetarios. Investigaciones publicadas en 2023 muestran que más del 75 % de la Amazonia ya ha perdido resiliencia.
Resiliencia significa la capacidad de un ecosistema para recuperarse después de un golpe como una sequía, un incendio o la deforestación. Cada ecosistema sometido a estas presiones va perdiendo su capacidad de recuperarse, hasta que eventualmente colapsa.
Perder resiliencia implica que, cuando ocurre un evento extremo, la selva tarda mucho más en volver a su estado normal, o directamente no logra recuperarse.
¿Qué riesgo se plantea?
Los científicos advierten que, si continúa la combinación de deforestación, incendios y calentamiento global, de 15 a 30 años podría darse un dieback irreversible de la Amazonia. Dieback significa que la selva húmeda empieza a morir a gran escala y se transforma en otro tipo de paisaje: sabana seca o matorral.
Este cambio sería irreversible en escalas humanas de tiempo, porque el sistema perdería el equilibrio hídrico que lo mantiene verde y húmedo. ¿Por qué importa tanto? Por su incidencia en el clima global y por el efecto dominó que genera. La Amazonia es un “aire acondicionado” natural porque recicla humedad y enfría la atmósfera. Su pérdida agravaría el calentamiento y alteraría todas las lluvias del hemisferio sur. En cuanto al carbono, pasar de
selva a sabana liberaría a la atmósfera miles de millones de toneladas de dióxido de carbono. Los efectos sobre la biodiversidad son evidentes: se perdería gran parte de las especies únicas que solo existen allí.
Esto también tiene efectos sociales, ya que pueblos indígenas y comunidades locales —su vida, cultura y sustento— dependen del bosque. La mayoría de las zonas de la Amazonia muestran signos de agotamiento. Si no se reduce la deforestación y las emisiones globales, existe un riesgo real de que cruce un punto de no retorno en las próximas dos o tres décadas, cambiando de selva tropical a sabana. Este es solo un ejemplo de muchos.
El loop del deterioro
En este momento de la historia son varios los procesos claramente visibles en los que se da un loop: el deterioro acelera el deterioro, el calentamiento acelera el calentamiento, la degradación de una selva la vuelve cada vez más propensa a degradarse e incendiarse, la erosión del suelo favorece la erosión futura, la extinción de una especie vuelve más frágiles a las demás. Hay una lógica de tobogán en esa aceleración por la cual, si no se logra frenar a tiempo, regenerar el ecosistema original sencillamente no será posible. Es muy difícil de antemano definir cuándo precisamente se cruza ese punto en el que un pequeño cambio genera consecuencias muy grandes e irreversibles. Eso da especial urgencia a resolver este escenario de riesgo creciente.
Una vez que el deterioro de los hielos cause un colapso de glaciares fundamentales o destape millones de toneladas de metano, el deterioro ambiental y la velocidad del calentamiento aumentarán cualitativamente y las soluciones serán más difíciles de alcanzar; pero somos adictos a la energía fósil, tan eficiente y barata, a las ganancias de corto plazo, y al dinero, cueste lo que cueste a las generaciones siguientes. La concreción de un escenario de colapso radical por cambio climático se volverá más probable y tangible una vez que se crucen estos puntos de no retorno. La gran preocupación que muchos científicos tienen y prefieren no comunicar para no generar pánico es el de una serie de colapsos en cascada que desarticulen a la sociedad contemporánea. Olas de calor incontrolable, incendios masivos, ascenso abrupto del nivel del mar, migraciones por millones desde ciudades costeras y zonas más cálidas y desérticas, guerras civiles: el escenario Mad Max. Todavía se está en la zona en que las tendencias son reversibles y los efectos de la crisis no tan drásticos. Cada vez queda menos tiempo.
El planteo de la Universidad de Estocolmo se centra en nueve factores principales, pero los puntos de no retorno son muchos más. Vale la pena concentrarse en los más importantes o visibles.
El derretimiento de los hielos del Ártico y las zonas circundantes, dado que allí la anomalía de temperatura es mayor que el promedio y debajo hay millones de toneladas de metano. En realidad, son varios procesos simultáneos que llevarán a que no haya hielo en verano en el Ártico, lo que acelera el calentamiento por mayor absorción de energía solar, pero especialmente la liberación de metano por el derretimiento de los hielos del permafrost es probablemente el fenómeno más peligroso. Las emisiones de metano en esta zona ya están en aumento. El derretimiento de los hielos de la Antártida, que puede derivar en una aceleración del calentamiento y una súbita crecida del nivel del mar si colapsa el glaciar Thwaites. El colapso de la Amazonia, que se convertiría en una sabana y en lugar de capturar carbono pasaría a emitirlo. El colapso de los corales. Como el anterior, genera un desplome de la biodiversidad y, por lo tanto, de la disponibilidad de alimentos en los océanos, además de perderse una maravilla de la naturaleza. El declive de los bosques boreales. Una amplia zona boscosa que abarca el norte de Rusia es propensa a incendios cada vez más frecuentes y podría, al igual que la Amazonia, pasar de ser una zona que captura carbono a una que emite. Está en una zona que se calienta a una velocidad mayor que el promedio. El declive de los bosques del oeste de América del Norte. Los incendios en todo el oeste de América del Norte desde Canadá hasta México, pasando por California, son cada vez más frecuentes. Otra zona que pasa de absorber carbono a emitirlo. El calentamiento del Mediterráneo. También allí se da un cambio climático acelerado, dado que el aumento fuerte de la temperatura va acompañado de la disminución de las lluvias. El mar Mediterráneo, con su forma tan cerrada, se calienta rápidamente y eso pone en riesgo los recursos de toda una zona. La alteración de la corriente de circulación Atlántica llamada AMOC. Es considerado uno de los riesgos mayores e inminentes. Se va frenando la corriente y, en caso de acentuar la tendencia o detenerse, alterará la lógica climática del mundo. Generaría olas de frío inéditas en Europa y América del Norte, y un fuerte calentamiento en el resto del planeta. Alteración del Monzón en India y del régimen de lluvias en otras partes, un riesgo cercano, de fuerte impacto, además de en el precio de los alimentos. Alteración y ampliación del rango de temperaturas El Niño/La Niña. Sequías más frecuentes, y también lluvias torrenciales más frecuentes.Estos son los principales. Hay abundante información al respecto de varios más, probablemente cerca de 20, y se van descubriendo nuevos porque esta es un área de estudio relativamente reciente.
El profesor Thomas Stocker, de la Universidad de Berna, explicó que “la ciencia sobre los puntos de inflexión está lejos de terminar, apenas ha comenzado, y se necesitan modelos mucho mejores para abordar la cuestión sobre qué nivel de calentamiento es crítico para qué punto de inflexión”. El gobierno suizo propuso un informe especial del acuerdo IPCC sobre los puntos de inflexión climáticos.
El profesor Tim Lenton de la Universidad de Exeter, especialista en el tema, dijo: “Desde que evalué por primera vez los puntos de inflexión, en 2008, la lista ha crecido, y nuestra evaluación del riesgo que representan ha aumentado drásticamente”.
Estos problemas cualitativos se generan por procesos lentos, graduales, que a veces suceden en zonas remotas. No se publicará sobre ello en los medios masivos, n o se verá en las noticias. Poco después, cuando ya no pueda hacerse nada, se verán sus efectos. ¿Qué sucederá? Ya será tarde para intentar reparaciones. Nadie quisiera estar allí ni que sus descendientes fueran testigos de ello.