
De Raíz: El histórico vivero de Chola López Varela vende sus últimas plantas antes de cerrar sus puertas
Hay viveros de los que se escucha hablar durante tanto tiempo que parecen conocidos incluso antes de visitarlos. Pero en este caso había un motivo más para ir. El...
Hay viveros de los que se escucha hablar durante tanto tiempo que parecen conocidos incluso antes de visitarlos. Pero en este caso había un motivo más para ir. El Vivero La Terraza, creado por Chola López Varela en Benavidez, comenzó a vender las últimas plantas de su colección antes de cerrar definitivamente sus puertas. La noticia movilizó a buena parte de la comunidad jardinera porque no se trata de cualquier vivero. Durante décadas fue el lugar donde paisajistas y aficionados encontraban especies difíciles de conseguir y, hasta noviembre, todavía hay tiempo para recorrerlo y llevarse un pedacito de esa historia.
Desde que el equipo de De Raíz comenzó a recorrer jardines y viveros de todo el país, el nombre de Chola López Varela aparecía una y otra vez. “Eso seguro lo tiene Chola” o “andá al vivero de Chola que ahí encontrás de todo” eran frases que se repetían entre paisajistas y jardineros cada vez que alguien buscaba una especie poco habitual. Su vivero se convirtió con los años en una referencia obligada para quienes buscaban plantas raras, variedades difíciles de conseguir y, sobre todo, conocimientos compartidos con una enorme generosidad.
Con esa historia como antecedente, el equipo llegó al Vivero La Terraza acompañado por la paisajista Gabi Crook. Mientras recorrían los senderos, ella fue poniendo en palabras lo que muchos sienten por ese lugar. Explicó que nunca fue solamente un espacio para comprar plantas. Ir al vivero significaba quedarse una tarde entera, recorrer con tranquilidad, tomar un té, conversar sobre jardinería y descubrir alguna especie nueva. “Todos queremos mucho a Chola”, resumió apenas iniciada la visita, una frase que fue encontrando explicación a medida que avanzaba el recorrido.
Hay vida por todos lados. Plantas que casi no se ven en otros lugares, rincones armados durante décadas, sectores de acuáticas, herbáceas, trepadoras, árboles y especies que llegaron desde distintas partes del mundo gracias a la curiosidad permanente de Chola. Todo transmite la sensación de haber sido construido con paciencia, observación y muchísimo trabajo.
Mientras caminaban por el vivero, Gabi Crook compartió una parte de la historia que explica gran parte de ese legado. Chola López Varela comenzó este proyecto cuando ya tenía alrededor de 50 años. Antes trabajaba haciendo jardines y, con el apoyo de su hermano, decidió abrir un vivero propio. Con el tiempo dejó las obras para dedicarse completamente a ese espacio que terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para varias generaciones de paisajistas.
Su historia resulta inspiradora porque demuestra que nunca es tarde para comenzar un proyecto. Lo que nació como un emprendimiento personal terminó siendo uno de los viveros más respetados por los profesionales del paisajismo, especialmente por la enorme diversidad de especies que ofrecía y por la permanente búsqueda de novedades.
En medio de la recorrida apareció Oscar Cabrera, jardinero y colaborador del vivero desde 1990. Apenas comenzó la charla quedó claro que avanzar por el predio no sería sencillo. Cada pocos metros aparecía una planta distinta y una nueva historia para contar.
Consultado sobre el motivo por el cual el vivero siempre tenía especies que no se encontraban en otros lugares, Cabrera explicó que esa era una característica propia de Chola. “Cada vez que viajaba volvía con algo. Un gajo, un bulbo, semillas… siempre traía una novedad”, recordó. Esa curiosidad permanente fue la que permitió construir una colección única, incorporando especies que luego se reproducían y comenzaban a formar parte de jardines de distintos puntos del país.
La conversación derivó también en esos conocimientos que rara vez aparecen en los libros. Cabrera contó que durante décadas gran parte del trabajo del vivero se organizó siguiendo las fases de la luna. Los gajos, los trasplantes, las podas y hasta algunas tareas de mantenimiento respetaban determinados momentos del calendario lunar.
“Nosotros comprobamos que funciona”, aseguró mientras caminaban entre las macetas. Según explicó, hacer los gajos en el momento adecuado podía marcar una diferencia enorme en el porcentaje de prendimiento de las plantas, un aprendizaje construido durante más de treinta años de experiencia.
La recorrida continuó por el sector de plantas acuáticas. Allí mostró los lotos, los nenúfares y explicó cuándo conviene dividirlos, cómo influye la temperatura del agua y por qué muchas veces es necesario esperar a que pasen las heladas antes de moverlos. Como ocurrió durante toda la visita, cada planta abría la puerta a una nueva conversación y a otra anécdota sobre el trabajo cotidiano del vivero.
Precisamente esa combinación entre conocimiento, experiencia y pasión fue la que convirtió al Vivero La Terraza en un lugar de referencia. No era solamente un espacio para comprar plantas. Era un lugar para aprender, hacer preguntas, intercambiar ideas y volver a casa con especies nuevas y también con nuevos conocimientos.
Gabi Crook recordó que durante muchos años llevó a sus alumnas hasta allí para recorrer el vivero. Organizaron almuerzos, picnics y encuentros bajo el gran arbolado del predio, que con el tiempo se convirtió en un símbolo del lugar. Aquellas reuniones fueron el punto de partida de amistades, proyectos y largas conversaciones sobre jardinería que todavía hoy permanecen en la memoria de quienes participaron.
Al finalizar la recorrida quedó claro que el verdadero patrimonio del Vivero La Terraza no está únicamente en las plantas que todavía conserva. También está en las personas que pasaron por allí, en los vínculos que se construyeron y en todo el conocimiento que Chola López Varela compartió durante décadas con una enorme generosidad.
Ese sentimiento apareció también en los mensajes que distintas referentes del paisajismo enviaron especialmente para este homenaje. La paisajista Natalia Van Rafelghem, la directora de Revista Jardín, Lucía Cane, la paisajista María Inés Vilela y Celeste Cabanillas recordaron a Chola desde distintas experiencias, aunque todas coincidieron en una misma idea: el Vivero La Terraza fue mucho más que un vivero. Fue un lugar de encuentro, aprendizaje, amistad e inspiración. Un espacio donde muchas veces las plantas eran apenas la excusa para compartir una tarde entre colegas y amigos.
Hoy, con 95 años, Chola López Varela atraviesa una nueva etapa de su vida y el vivero también. Hasta noviembre, las plantas que todavía permanecen allí seguirán buscando nuevos jardines donde continuar una historia que comenzó hace más de cuatro décadas. Cada ejemplar que sale de ese lugar lleva detrás años de observación, viajes, multiplicación, trabajo y pasión.
Quienes quieran conocer uno de los viveros más emblemáticos de la jardinería argentina todavía están a tiempo. Visitar el Vivero La Terraza no solo permite descubrir especies difíciles de encontrar. También ofrece la posibilidad de recorrer un lugar que dejó una huella profunda en el paisajismo argentino y llevarse a casa un pedacito de Chola López Varela antes de que sus puertas se cierren definitivamente.