
Detrás de los 30 segundos de fama: El cabañero Pablo Llaver, criador de la raza de caballos Appaloosa, cuenta qué implica competir, entre la genética, el entrenamiento y la necesaria cuota de suerte
Quienes compiten en el sector equino dicen ser apasionados de la adrenalina. “Son 30 segundos de fama”, ilustra el cabañero Pablo Llaver, que está abocado a los Appaloosa y hace décadas part...
Quienes compiten en el sector equino dicen ser apasionados de la adrenalina. “Son 30 segundos de fama”, ilustra el cabañero Pablo Llaver, que está abocado a los Appaloosa y hace décadas participa con ella en las pruebas del más alto nivel. Unos pocos segundos en los que se juega todo el trabajo del año, pero también la necesaria cuota de suerte que tiene el deporte.
Dueño de la cabaña Los Cedros, en Cañuelas, Llaver es secretario de la asociación de criadores de esa raza americana, conocida por ser muy vistosa y guardar un fuerte vínculo con la estética “yankee”. Entre sus pasiones, admite, se queda con la de criar caballos para competir y, lejos de hacerlo a medias tintas, opta por las disciplinas más exigentes para demostrarlo.
Los Appaloosa son caballos que originalmente poblaban las llanuras estadounidenses y que, con los años, fueron migrando desde los pueblos originarios a los ejércitos. Esa historia es la que determina su aspecto, pues eran animales elegidos por su mansedumbre y habilidad, pero también por su capacidad para mimetizarse con los bosques nevados.
Hoy ya no caza ni corren en esos terrenos, pero sí mantienen esas aptitudes que lo hacen muy útil en las pistas. Pero, aunque la genética es rectora, para que los 30 segundos de fama sean un éxito hace falta mucho más: el trabajo del criador.
“Es un poco de todo. Un poco de aptitud del caballo y otro poco de cómo fue criado. La genética te va a ayudar, pero después el entrenamiento te va a decir para qué va a ser bueno”, asegura Llaver.
Mirá la entrevista completa:
Lo primero es procurar que el potro sea manso, por eso el punto cero es siempre la doma. Luego, es el criador el que evalúa a qué disciplina se va a volcar, sea prueba de riendas, de barriles, estacas, ganaderas, o las de conformación.
Si le dan a elegir, Pablo opta por estas últimas. Y específicamente por la Halter, que, asegura, es “como un ´Miss Mundo´ pero de los caballos”, en la que se elige al animal más vistoso, con mejor aptitud física, aplomos y musculación. Es una competencia donde los caballos no se montan, sino que se presentan “a la mano”.
Las razas americanas -Appaloosa, Cuarto de Milla y Paint horse- cuentan a su vez con una prueba propia, muy promisoria y con particular prestigio en suelo estadounidense, el “Futurity”, que se divide por disciplina y alcanza únicamente a los ejemplares de hasta seis años de edad.
“El Futturity es el potro del futuro. Se trabaja con caballos que son domados y van a esa prueba a demostrar sus aptitudes”, explicó Llaver, que, como de costumbre, también participa de ella.
Y más allá del trofeo, y lógicamente el honor, quien se impone en esa prueba obtiene un rédito económico muy importante a futuro. “El que gana es un potro que va a ser un gran padrillo y, por lo tanto, van a ser más requeridos sus servicios. Eso hace al criador, porque cuanto más ganen o se luzcan tus caballos, más buscada va a ser tu genética”, agregó el cabañero, que considera al Futurity una pantalla clave para su sector.
-¿Qué es lo que te gusta finalmente de competir?-, le preguntó Bichos de Campo a Llaver.
“La adrenalina”, responde sin dudar el deportista. No sólo la de estar dentro de la pista por unos pocos segundos, sino también la de comprobar si efectivamente todo el trabajo hecho durante meses surtirá efecto, o si la suerte -siempre indispensable- estará de su lado.
“Vos trabajás todo el año para los tres segundos de fama que tenés en la pista, que te puede ir muy bien o muy mal. Si sale todo bien, te vas contento, y si sale todo mal, volvés el año que viene. Acá venís a divertirte y a pasarla bien”, destacó.