
Don Juan no dejó los papeles firmados: Por qué la herencia suele “romper los campos” y solo una empresa los mantiene en pie
Por Pablo Larcade Es una historia que en los pueblos del interior se repite seguido. Don Juan manejó un establecimiento mixto de 600 hectáreas durante cuarenta años. Hacía todo a título...
Por Pablo Larcade
Es una historia que en los pueblos del interior se repite seguido. Don Juan manejó un establecimiento mixto de 600 hectáreas durante cuarenta años. Hacía todo a título personal, con su CUIT de persona humana y las decisiones tomadas en la mesa de la cocina: cuándo sembrar, cuántos terneros criar o a qué precio vender la hacienda. Un día Don Juan faltó, y lo que era una familia unida pasó a ser un problema para tres herederos: el hijo que trabaja el campo a diario, la hija médica que vive en Rosario y el hermano que está radicado afuera.
Al día siguiente del entierro, la actividad productiva se frena en seco. El banco congela las cuentas de oficio. Como el CUIT del titular queda inactivo en AFIP, el establecimiento cae automáticamente en estado inactivo en el SISA y en el SENASA.
En la práctica, la parálisis es inmediata para ambas actividades:
En el negocio agrícola: El hijo que quedó al frente no puede emitir ni una sola Carta de Porte para mover el grano guardado en el silobolsa. En el negocio ganadero: Tampoco puede gestionar un DTE (Documento de Tránsito Electrónico) para mover hacienda al mercado de Cañuelas o dar salida a la producción del feedlot. La hacienda sigue comiendo, la ventana de siembra se pasa, las cuentas de la agronomía o la consignataria vencen y la burocracia empieza a comerse el margen.En el estudio contable vemos seguido este caso: una familia hereda 900 hectáreas (con partes agrícolas y potreros ganaderos) y, al no tener una estructura armada, toma la decisión más fácil pero más destructiva: dividir el plano en tres parcelas de 300 hectáreas.
El hermano productor se queda con un módulo chico que ya no justifica mover la cosechadora ni mantener la infraestructura ganadera (mangas, correspondencia de balanzas o piquetes). Los otros dos hermanos le alquilan sus parcelas a terceros. Para colmo, para pagar las tasas de justicia de la sucesión tienen que salir a malvender el plantel de madres o rematar la maquinaria. Una unidad productiva eficiente termina desmantelada.
Ahí es donde se confunden tres cosas totalmente distintas: la familia, la propiedad de la tierra y la gestión del negocio. Se puede heredar el valor del inmueble, pero la capacidad de gerenciar una empresa agropecuaria no se transmite por expediente judicial.
Hay cuatro caminos contables para que la rueda no se pare.
La continuidad del campo no la arregla un abogado en un juzgado cuando la crisis ya ocurrió. Se diseña en la oficina del contador, con el productor en vida. Según la realidad de cada explotación, hay distintas herramientas para dejar los papeles ordenados:
Armar una sociedad operativa (S.A. o S.R.L.): La tierra puede quedar a nombre de los hermanos, pero se la alquilan a una sociedad comercial donde todos son accionistas. El hijo que trabaja el campo asume como director con un sueldo de mercado, mientras que los otros cobran dividendos según el balance anual. Si un socio fallece, la sociedad no se detiene: el CUIT sigue activo, las marcas y señales no entran en disputa y los camiones con grano o hacienda siguen saliendo. Fideicomiso Agropecuario: Es ideal cuando el fundador quiere asegurar que el establecimiento se trabaje como una sola unidad económica sin que se venda o lotee. Se aportan los inmuebles o el rodeo al fideicomiso y un administrador maneja el negocio distribuyendo la renta entre los herederos. Protege el patrimonio familiar contra embargos o decisiones apresuradas de algún socio. Donación de acciones con reserva de usufructo: El fundador transfiere la nuda propiedad de la empresa o de la tierra a sus hijos en vida, pero se reserva el usufructo vitalicio. ¿Qué significa? Que Don Juan sigue cobrando los frutos (los alquileres, las ventas de granos o los remates de hacienda) y mantiene el control político del negocio mientras viva. Cuando fallece, el dominio se consolida en los hijos automáticamente, sin necesidad de abrir un juicio sucesorio costoso. El Protocolo Familiar: Es la “constitución” de la familia. Un acuerdo privado donde se vota en vida cómo se entra a trabajar a la empresa (por ejemplo, si los nietos necesitan título universitario o experiencia externa previa), cómo se fija el sueldo de los familiares y cómo se manejan las decisiones estratégicas. Evita que los problemas del negocio arruinen la mesa del domingo.Pasar de la explotación unipersonal a una estructura organizada no es un gasto, es el seguro de vida más barato que se le puede poner al esfuerzo de toda una generación.
Pablo Larcade (lp@tbo.com.ar) es contador especializado en agro en el Estudio Tailhade – Bouquet – Ovejero y colabora con Bichos de Campo