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“El algodón no es para cualquiera”: Jessica Vucko creció en una familia de productores chaqueños y explica por qué todavía elige un cultivo que demanda mucho más trabajo que los otros

Jessica Vucko es ingeniera agrónoma, chaqueña e hija de productores. Creció con el campo a pocos kilómetros de su casa y con el algodón como parte del paisaje familiar. Entre siete hermanos -c...

“El algodón no es para cualquiera”: Jessica Vucko creció en una familia de productores chaqueños y explica por qué todavía elige un cultivo que demanda mucho más trabajo que los otros

Jessica Vucko es ingeniera agrónoma, chaqueña e hija de productores. Creció con el campo a pocos kilómetros de su casa y con el algodón como parte del paisaje familiar. Entre siete hermanos -c...

Jessica Vucko es ingeniera agrónoma, chaqueña e hija de productores. Creció con el campo a pocos kilómetros de su casa y con el algodón como parte del paisaje familiar. Entre siete hermanos -cinco varones y dos mujeres-, fue su padre quien terminó despertándole la vocación que luego la llevaría a estudiar Agronomía en la Universidad Nacional del Nordeste.

“Mi padre tuvo el gen que despertó en mí la pasión por el campo”, contó Jessica a Bichos de Campo. De chica, recordó, las visitas al establecimiento familiar eran habituales y la actividad era netamente agrícola.

Mucho tiempo después, aquella cercanía se convirtió en profesión. Y aunque su trabajo le permite hablar con comodidad de soja, maíz, sorgo, girasol y otros cultivos que forman parte de la nueva agricultura chaqueña, cuando tiene que elegir uno aparece inevitablemente ese primer amor, el algodón.

“Por la sangre”, resumió.

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Pero esa preferencia no significa que sea sencillo producirlo. Todo lo contrario. “El algodón no es un cultivo para cualquiera, porque te demanda seis meses de puro trabajo”, afirmó Vucko, que actualmente es coordinadora productiva de la empresa Gensus, la única semillera de algodón del país.

El seguimiento comienza desde las primeras etapas, explicó, con el manejo de insecticidas, los reguladores de crecimiento y la defoliación, y continúa hasta la cosecha. Incluso entonces el trabajo todavía no terminó. “Después sigue la poscosecha, que es el desmote, que es el proceso industrial”, señaló.

A diferencia de otros cultivos extensivos, el productor algodonero debe seguir de cerca lo que sucede una vez que la máquina terminó de recorrer el lote. De la calidad obtenida dependerá también el valor de la fibra que finalmente sale de la desmotadora.

En Las Breñas, “Caco” Sulligoy muestra cómo funciona una desmotadora que recibe el algodón en bruto del campo y lo transforma en fardos de la fibra

La cosecha tiene, además, sus propias particularidades. En el Chaco suele realizarse durante el otoño, cuando la humedad atmosférica y el rocío condicionan los horarios de trabajo. Según explicó Vucko, muchas jornadas recién pueden comenzar entre las 10 y el mediodía y extenderse hasta cerca de las 20, siempre que acompañe el clima.

Es apenas una muestra de todo lo que cambió un cultivo que durante décadas estuvo asociado a una producción regional y con gran utilización de mano de obra. De la mano de Gensus, Jessica llegó a trabajar en nueve provincias algodoneras y asegura que esa experiencia le permitió comprobar que ninguna zona es igual a otra. Incluso cuestiona que todavía se lo piense exclusivamente como un cultivo regional.

“El algodón tiene tanta diversificación que antiguamente se lo llamaba cultivo regional. Hoy ya no es más regional”, explicó. Según relató, se produjo algodón incluso en zonas de San Luis, Catamarca y Córdoba, y hubo experiencias también en Mendoza.

La transformación no fue solamente territorial. También cambió la escala tecnológica de la actividad. Vucko recordó que hoy existen cosechadoras capaces de avanzar sobre superficies muy diferentes: desde equipos que pueden recolectar entre 10 y 20 hectáreas por día hasta máquinas que, con las condiciones climáticas adecuadas, llegan a unas 50 hectáreas diarias.

Esa tecnificación forma parte de un cambio mucho más amplio que observa en toda la agricultura chaqueña. “Hoy en día se ha tecnificado todo, desde la semilla, la siembra e inclusive también la cosecha”, explicó. Y puso como ejemplo algo que hasta hace pocos años parecía lejano para muchos productores: “Actualmente estamos pulverizando con drones”.

Para la agrónoma, incorporar esas herramientas también obliga a cambiar la forma de tomar decisiones puertas adentro de los establecimientos. Ya no se trata únicamente de sembrar y esperar el resultado. Ella dice que en su trabajo busca que los productores miren los números, calculen cuánto cuesta producir una hectárea y cuál es la rentabilidad que finalmente obtienen.

“Hoy en día se trata de inculcar también mucho el costo y margen bruto. Cuánto gastan en producir una hectárea en el lote y cuánto es la rentabilidad que les deja a la hora de la cosecha”, explicó.

Lo mismo sucede con la elección de las semillas. Para ella, una buena cosecha empieza bastante antes de que aparezca el cultivo sobre la superficie. “Siempre inculco esto: para tener una buena cosecha se parte de una buena siembra, y la siembra es en parte también el uso de semilla con tecnología”, afirmó.

Jessica reconoce que convencer a los productores no siempre fue fácil. Muchas prácticas fueron transmitidas durante generaciones y modificar esos hábitos demandó tiempo. “Antiguamente sí”, respondió cuando le preguntaron si los productores eran duros para aceptar los cambios. “Pero bueno, les estamos cambiando el chip de cómo se hacen las cosas”.

“El Chaco fue siempre del algodón y se va a seguir sembrando algodón”, afirma Carlos Víctor Talalay, productor de Tres Isletas que incorporó nuevos cultivos a sus rotaciones pero mantiene su corazoncito en el textil

La profesionalización también se refleja en otra discusión que atraviesa hoy al agro chaqueño: cómo cuidar suelos que, en algunos casos, acumulan seis décadas de agricultura. Por eso Vucko insiste en la necesidad de rotar y diversificar. “Hacer monocultivo es un desgaste, ya sea químico y físico”, explicó. Su recomendación, independientemente del tamaño del establecimiento, es incorporar distintas alternativas para no concentrar todos los riesgos en un único cultivo.

“No siempre poner todos los huevos en una misma canasta”, sintetizó. La lógica, dijo, es económica pero también agronómica: “Hay que devolverle también al suelo lo que el suelo nos da a nosotros”.

En ese esquema entran soja, maíz, sorgo, girasol y algodón, pero también cultivos capaces de ocupar el bache invernal y mantener los lotes cubiertos.

Para Jessica, en muchas zonas chaqueñas esa diversidad ya no es una opción. “Los suelos generalmente vienen de 60 años de agricultura. Sí o sí tenés que diversificar”, afirmó.

También remarcó que el cuidado no depende solamente de agregar fertilizantes. La cobertura, los rastrojos y los tiempos de descanso del lote forman parte del mismo planteo. “No solamente con fertilizantes se le da el morfi, como quien dice, al suelo, sino también con una buena cobertura y un buen barbecho”, explicó.

En el caso de Vucko, toda esa discusión técnica vuelve finalmente al mismo punto de partida: una familia productora y una relación con el algodón que atraviesa generaciones. Su padre, que hoy tiene 83 años, fue también de los primeros de su zona en incorporar la soja. Con el tiempo pudo abandonar ese cultivo, recordó Jessica. Pero hay uno al que nunca quiso renunciar.

“El algodón no lo va a dejar”, aseguró.

Ella tampoco parece dispuesta a hacerlo. Aunque conoce y trabaja con distintos cultivos y aunque la agricultura chaqueña sea hoy mucho más diversificada que la que conoció durante su infancia, cuando debe elegir vuelve a aquel que más trabajo exige. Quizás, justamente, porque también es el que más la conecta con esa historia. “Por la sangre”, había dicho.

Fuente: https://bichosdecampo.com/el-algodon-no-es-para-cualquiera-jessica-vucko-crecio-en-una-familia-de-productores-chaquenos-y-explica-por-que-todavia-elige-un-cultivo-que-demanda-mucho-mas-trabajo-que-los-otros/

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