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El establecimiento Los Álamos se ubica cerca de Trevelín: Cómo una historia familiar sirvió de abono para un proyecto de vida en el campo

En el kilómetro 28 de la Ruta Nacional 259, entre Trevelin y Esquel, hay un campo de 250 hectáreas donde conviven dos historias que pugnaron por volver a las raíces y poner el valor algunas hist...

El establecimiento Los Álamos se ubica cerca de Trevelín: Cómo una historia familiar sirvió de abono para un proyecto de vida en el campo

En el kilómetro 28 de la Ruta Nacional 259, entre Trevelin y Esquel, hay un campo de 250 hectáreas donde conviven dos historias que pugnaron por volver a las raíces y poner el valor algunas hist...

En el kilómetro 28 de la Ruta Nacional 259, entre Trevelin y Esquel, hay un campo de 250 hectáreas donde conviven dos historias que pugnaron por volver a las raíces y poner el valor algunas historias del pasado. 

Hay una frase que Verónica Muñoz suele compartir con Fabricio (su marido) y que, de alguna manera, resume el espíritu de Los Álamos: de las experiencias difíciles que deja la vida también puede surgir algo bueno. Así como en el campo los residuos orgánicos se transforman en abono y devuelven fertilidad a la tierra, ella cree que las situaciones dolorosas también pueden resignificarse y convertirse en el punto de partida de algo nuevo.

Esa mirada está presente en la historia que construyeron juntos estos esposos. El reconocimiento tardío de la paternidad de Fabricio, la recuperación de su apellido y del campo familiar, y la pérdida de quienes marcaron su crianza son parte de un pasado complejo que terminó encontrando otro sentido. Con trabajo y decisión, esas vivencias se integraron a un proyecto productivo que recupera las raíces galesas de él y las tradiciones alemanas y rurales de ella.

Entre cabras, ovejas, vacas, cerdos, gallinas, huertas, árboles frutales y una historia familiar que tardó décadas en encontrar su lugar, Verónica lleva adelante Los Álamos junto a Fabricio y sus hijas, fieles colaboradoras en las tareas y en el pastoreo, actividad en la que incluyen sus útiles para ir haciendo también las tareas de la escuela. 

Verónica nació en Aldea Escolar, una localidad cercana a Trevelin, y creció ligada a las costumbres del campo. Sus abuelos fueron parte de los primeros pobladores de la zona: su abuela era alemana y su abuelo un colono chileno. De ellos heredó buena parte de los saberes que hoy aplica en la chacra. Su abuela, incluso, fue una de las primeras mujeres de la zona en criar cabras. Una tradición que, casi cien años después, Verónica decidió continuar.

Pero la historia de Los Álamos también está atravesada por las raíces galesas de su marido. El apellido Roberts pertenece a una de las familias pioneras de la región. Sin embargo, para Fabricio, ese vínculo con su origen no fue algo que pudiera conocer y vivir desde chico.

Se crió junto a su madre y una tía, sin conocer a su padre biológico. Recién a los 35 años, cuando un primo lo puso al tanto de que su progenitor atravesaba un cáncer avanzado, decidió acercarse para conocerlo. Antes de morir, su padre reconoció la paternidad, y más adelante, Fabricio adoptó legalmente el apellido Roberts.

Luego llegó el campo. Con el reconocimiento familiar, llegaron unas 250 hectáreas que no significaron solamente volver a tener acceso a una propiedad. También abrió la posibilidad de reconstruir una parte de la historia familiar que había permanecido pendiente.

En ese camino, Verónica encontró una manera propia de unir las dos tradiciones. Cuando falleció la tía que había criado a Fabricio, decidió quedarse con sus cabras. Aquella majada fue el punto de partida para desarrollar la producción caprina, sumar animales y construir una identidad productiva que recuperara tanto la tradición galesa del establecimiento como sus propios recuerdos de infancia.

Hoy, en Los Álamos hay una diversidad de actividades que se complementan. La familia cría cabras Angora y animales caprinos destinados a la producción de leche, ovejas Merino multipropósito para lana y carne, vacas, cerdos y gallinas. También trabajan una huerta y un invernadero donde producen verduras de estación, como lechuga, tomate, repollo y perejil.

La producción del campo se transforma en alimentos y elaboraciones artesanales. Preparan quesos frescos de cabra y oveja, yogures, manteca, dulces con frutos silvestres —entre ellos, rosa mosqueta—, salsas picantes, escabeches y conservas. También elaboran pan casero en horno de barro, empanadas de ciervo y pastas rellenas, como ravioles.

Entre todas esas preparaciones, Verónica tiene una preferida: el yogur de cabra. Su elaboración requiere paciencia, ya que demanda unas doce horas de maduración, pero representa una de las formas más directas de agregar valor a la leche que producen sus propios animales.

La fibra también tiene su lugar. Las cabras Angora aportan el mohair, una materia prima que Verónica trabaja junto a su hermana Carolina en un proyecto de hilado y tejido artesanal llamado “Herederas”. A mano, transforman esa fibra en piezas textiles que recuperan saberes tradicionales. También aprovechan la lana de las ovejas Merino.

La actividad se completa con la venta de huevos de campo, en la que participan activamente sus hijas, y la crianza de pollos. Incluso aquello que podría considerarse un desecho encuentra un destino: el estiércol de las cabras se entrega a vecinos y también fue donado al Parque Nacional Los Alerces para colaborar con tareas de reforestación.

En Trevelin, once mujeres productoras conformaron un grupo para ofrecer una gran diversidad de propuestas agroturísticas

El funcionamiento del establecimiento depende del trabajo cotidiano de toda la familia. Verónica, de 43 años, y Fabricio, de 48, comparten las tareas con sus dos hijas menores, de 16 y 11 años. También tienen hijos mayores de relaciones anteriores.

La jornada puede comenzar a las cuatro de la mañana y no tiene demasiados horarios fijos. Hay que alimentar y controlar los animales, ordeñar, cortar leña, sembrar, preparar los alimentos, juntar pasto para el invierno y atender las necesidades de cada sector del establecimiento. Fabricio, además, desarrolla trabajos particulares fuera del campo.

“Las chicas crecieron aprendiendo las tareas rurales. Saben ordeñar, preparar manteca, hacer pan y elaborar dulces. También colaboran en situaciones que requieren mucha destreza, como algunos partos complicados de las cabras Angora”, señala Verónica, quién además las llama cariñosamente sus “pequeñas veterinarias”.

No todo es sencillo. La presencia de pumas, zorros y perros asilvestrados representa un riesgo para los animales, por lo que cuentan con perros pastores de la raza Kelpie para proteger las majadas. 

Si bien reconoce el desgaste físico de esta actividad “que exige estar pendiente de muchas cosas al mismo tiempo” y señala “la necesidad permanente de generar ingresos para cubrir los gastos”. Esa rueda comenzó a girar y Verónica asegura que esa dinámica continúe. 

“Los fines de semana, los visitantes que buscan conocer la vida rural y compartir una comida elaborada con productos del establecimiento”, relata.

“Los almuerzos y meriendas campestres incluyen platos regionales, jamón casero, quesos, yogures, empanadas, verduras recién cosechadas, pan casero y tortas fritas. La propuesta permite mostrar de dónde vienen los alimentos, cómo se producen y qué trabajo hay detrás de cada elaboración”, afirma.

La experiencia de agroturismo se suma así a la producción ganadera y artesanal, y amplía las posibilidades de generar ingresos a partir de los recursos propios. 

 

Fuente: https://bichosdecampo.com/el-establecimiento-los-alamos-se-ubica-cerca-de-trevelin-como-una-historia-familiar-sirvio-de-abono-para-un-proyecto-de-vida-en-el-campo/

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