
El sanjuanino Román Páez produce compost pelletizado en solo 15 días y logró hacerlo a gran escala: Quiere revolucionar la agricultura local y hacer fértiles los arenales
Sin prisa y sin pausa, Román Páez va sorteando varios desafíos que se puso delante: aprovechar los residuos orgánicos del camp para convertirlos en compost pelletizados en solo dos semanas y el...
Sin prisa y sin pausa, Román Páez va sorteando varios desafíos que se puso delante: aprovechar los residuos orgánicos del camp para convertirlos en compost pelletizados en solo dos semanas y elaborarlos a escala industrial. ¿La meta?: posicionarlos como una herramienta crucial, para que los agricultores sanjuaninos puedan mejorar el suelo que cultivan y conquistar aquellos en donde el agua no llega o lo hace a cuentagotas.
Este biofertilizante, producido por Román a partir de un método tipo “bocashi”, una práctica ancestral de origen japonés utilizada en los arrozales, tuvo su hito más importante hace poco tiempo: logró elaborar 40 toneladas peletizadas que ya se están vendiendo al por mayor y también en el mercado minorista, y que algunos municipios quieren adquirir para distribuirlo entre los productores.
El producto, no solo está saliendo en bolsas de 25 kilos, sino que también se está ofreciendo fraccionado en pequeños envases, ya que no solo funciona para la agricultura, sino también para la jardinería o la huerta hogareña.
Por esta visión, que hace unos años desarrolla y ha llevado a la práctica con distintas etapas de experimentación, Román Páez y su proyecto Biota, fueron reconocidos entre los cinco mejores del Concurso Ingeniería Verde, impulsado por la Universidad Nacional de San Juan, en alianza con la empresa Vicuña, la firma minera en la que están asociadas las compañías BHP y Lundin Mining, para encarar los proyectos Josemaría y Filo del Sol.
Junto al ingeniero agrónomo Italo Sánz, que lo asesora en el proyecto Biota, y acompañado también por el Ministerio de la Producción de San Juan, Román Páez pudo aprovechar y trabajar sobre los residuos orgánicos que terminan a diario en el sistema de gestión de residuos sólidos urbanos de la provincia, conocido como PTA, logrando generar 40.000 kilos de biofertilizante en apenas un par de semanas.
“Este proceso con el que hicimos el producto en Biota se llama Bocashi, un compostaje de materia orgánica acelerado. El compostaje tradicional demora entre 6 y 8 meses en estar listo. Con esta metodología, en cambio, lo obtenemos en 15 días”, comienza a explicar Román Páez a Bichos de Campo.
“Es un proceso que tiene la fermentación, pero también tiene una formulación, una microbiología y un manejo que es muy importante. Pero lo más innovador es el logro que hemos conseguido en Biota de haber producido el biofertilizante a una escala tan alta, consiguiendo 40 toneladas en el lapso de tiempo que anteriormente mencioné”.
“Y este hito -recalca Román- es lo que nos permite proyectar la producción para zonas que tienen una deficiencia hídrica estructural, transformándolo en una herramienta territorial, en una herramienta de política pública, que es lo que yo planteé en el proyecto por el que fui reconocido”.
La velocidad en que se elabora el compostaje es la llave maestra que le da un valor agregado al biofertilizante, no solo por el tiempo en que se puede producir, sino “porque tiene un beneficio muy fuerte en el suelo sobre el que se aplica, ya que, al ser material orgánico estabilizado, provee un aporte muy importante de materia orgánica y por lo tanto, de retención de humedad”.
Y en la retención de humedad, además de otros beneficios, está la clave de mejorar la fertilidad de suelos que no cuentan con riego, o que son sostenidos con riego por goteo, un sistema muy costoso en la instalación y el mantenimiento.
El proceso de obtener un compostaje en 15 días no se trata de una simple acción de acumular materia orgánica y dejar que avance en su descomposición. Hay un método para conseguirlo, y para producirlo a gran escala, demanda espacios importantes, equipos, máquinas y hasta un laboratorio, para certificar la sanidad del producto.
Así como el premio Ingeniería Verde que le otorgó la Universidad Nacional de San Juan le permitió acceder a fondos para equiparse, del mismo modo, el acompañamiento del Estado sanjuanino también ha sido vital para el proyecto.
“Tuve un aporte muy importante de la minera Vicuña para adquirir equipos y del Ministerio de la Producción, con minerales para el compost y también con un convenio que me permite acceder al laboratorio del Estado, para detectar la inocuidad del producto, es decir, que no haya salmonella o Escherichia Coli, habiendo obtenido hasta ahora buenos resultados”.
“También -continuó- tuve un gran aporte de la Secretaría de Medio Ambiente, que me fue brindando la confianza para avanzar en otras pruebas y así me permitió ingresar al PTA (Parque de Tecnologías Ambientales), donde el 80% de los residuos de San Juan llegan para ser tratados y donde tuve disponibles una gran cantidad de material orgánico para hacer una prueba a gran escala”.
Para Román, su proyecto verde es de múltiple impacto, porque ayuda al productor, mejora la calidad del suelo y el cultivo, genera el biofertilizante de modo natural, lo puede producir en gran cantidad y, además, es de un beneficio enorme para la planta de residuos que hoy tiene que tratar y gestionar el material que recibe como basura.
“La actividad agrícola y la agroindustrial generan muchísimos residuos orgánicos que provienen del membrillo, la vid, el olivo, el tomate, y que son desechados por grandes empresas nacionales o internacionales que operan en San Juan”, apunta Román.
Con la meta de producción a gran escala alcanzada, Román Páez ya se puso un nuevo objetivo. Transformar este logro en una línea de producción. “Al poder estar en el PTA, hay una infraestructura a disposición, que, sin embargo, hay que ajustarla, para poder hacer una línea productiva”.
“Entonces, ahora estamos evaluando, y ya tengo luz verde, la forma de implementarlo a nivel más sistémico. Ya no hacer 40 toneladas, que se producen en un camellón (una línea de residuos de unos 45 metros de largo por 1,2 de alto), sino dar el salto para producir entre 240 y 480 toneladas”.
Román piensa en avanzar al siguiente estadío de producción, para proyectar una implementación masiva: “Quiero trabajar en grandes volúmenes para poder instrumentarlo como una tecnología de implementación, porque esto es acumulativo en el suelo”.
Pensando en grande, ahora apunta a “una implementación territorial, y cuando digo territorial me refiero a incorporar varios sectores, como el agroindustrial, que genera gran cantidad residuos orgánicos; el municipal, que con las podas recolecta material chipeado (trozos pequeños) del arbolado; y también de otros sectores de la actividad económica. Así, contando con grandes volúmenes, podemos pensar en cambiar la propiedad física del suelo en la retención de humedad”.
Páez, da cuenta de que con un compost tipo bocashi “hay suficiente fundamento, con bibliografía incluida, para decir que hay un aporte muy fuerte a la microbiología y a la fertilidad del suelo”.
Sin embargo, conseguir el mismo compostaje es una tarea mayúscula, ya que la materia orgánica que llega a los centros de recolección no es siempre la misma, las cantidades no están medidas, ni tampoco la variedad de lo que allí llega.
“Es muy difícil hacer siempre el mismo compost porque estamos hablando de materia orgánica diversa. Por ejemplo, el último lote que hicimos tiene residuos de membrillo, azúcares de álamo, de eucalipto. Entonces, hay que evaluarlo, porque hay que ver la relación carbono y nitrógeno que tiene, la cantidad de humedad, el tipo de material, cuánta lignina posee. Hay materiales que se degradan más rápido que otros. Es todo un desafío cada vez que se hace uno porque depende del material, no son todos los lotes iguales”.
Pero los desafíos no parecen ser un tema que lo amedrenten. Arrancó su primera producción importante de compost tipo bocashi en un contenedor, y aprovechando los residuos orgánicos de la feria de agricultores de Rawson, pudo obtener poco más de 4 mil kilos.
Luego, continuó adelante hasta que el programa Ingeniería Verde le permitió el salto para apuntar a grandes cantidades. Allí vino el trabajo que desembocó en la producción de 40 toneladas. Ahora, quiere llegar a más de 400 toneladas, y así va, saltando de 10 en 10. No es una cuestión de casilleros. Se propone, ni más ni menos, que cambiar la composición de la tierra para darle más vida.