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Emilia Monteleone describe el largo proceso para lograr un nuevo bioestimulante: O de cómo una bacteria de la caña de azúcar terminó nutriendo al maíz y fijando nitrógeno

Cuando Emilia Monteleone decidió estudiar microbiología, hace casi 30 años, los microorganismos estaban bastante lejos del protagonismo que hoy tienen en la agricultura, los alimentos o la indus...

Emilia Monteleone describe el largo proceso para lograr un nuevo bioestimulante: O de cómo una bacteria de la caña de azúcar terminó nutriendo al maíz y fijando nitrógeno

Cuando Emilia Monteleone decidió estudiar microbiología, hace casi 30 años, los microorganismos estaban bastante lejos del protagonismo que hoy tienen en la agricultura, los alimentos o la indus...

Cuando Emilia Monteleone decidió estudiar microbiología, hace casi 30 años, los microorganismos estaban bastante lejos del protagonismo que hoy tienen en la agricultura, los alimentos o la industria. Pero en su caso había una motivación bastante concreta: su familia tenía campo y a ella le intrigaba qué podía surgir de juntar esos dos mundos.

“Me interesaba la asociación entre la microbiología y lo que se podía hacer desde ese universo, que hasta ese momento era muy desconocido para mí, para lograr algo que tuviera algún efecto en el campo que yo veía”, contó la científica en una entrevista con Bichos de Campo.

Tres décadas después, aquella curiosidad terminó llevándola bastante lejos. Monteleone es gerente de Investigación y Desarrollo de Koppert Argentina, una firma internacional dedicada al mundo de los insumos biológicos, y trabaja con un equipo dedicado a buscar microorganismos que puedan transformarse en herramientas para la producción agropecuaria.

Uno de esos trabajos de investigación comenzó directamente en un cañaveral. Allí fueron a buscar bacterias que vivieran dentro de los tejidos de la caña de azúcar, para luego aislarlas, cultivarlas y estudiar qué podía hacer cada una. “Las pasamos por un montón de medios de cultivo distintos para saber en qué condiciones crecían, si crecían con nitrógeno, sin nitrógeno, qué fuentes de carbono les gustaban y demás. Y después ya nos fuimos al ADN”, explicó.

Ese segundo paso permitió ir bastante más allá de mirar qué sucedía en una placa de laboratorio. Mediante la secuenciación del genoma completo de los microorganismos, el equipo pudo buscar los genes asociados a determinadas funciones y predecir qué capacidad tenía cada bacteria.

El primer requisito era que pudiera colonizar los tejidos internos de una planta. Eso ya venía prácticamente resuelto desde el origen: si había sido aislada del interior de una caña de azúcar, significaba que podía ingresar y vivir dentro de los tejidos vegetales.

Pero faltaba la condición más importante: que pudiera fijar nitrógeno. “Fuimos a buscar en el ADN que tuviera la maquinaria completa para fijar nitrógeno. Eso fue un desafío interesante”, relató Monteleone.

La candidata finalmente elegida fue una cepa de Gluconacetobacter diazotrophicus, identificada como G3K06. Pero encontrar una bacteria con las características buscadas era apenas una parte del trabajo, ya que luego había que convertirla en un producto que pudiera sobrevivir en condiciones bastante menos amables que las del laboratorio.

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“Esa bacteria se va a aplicar vía foliar, donde hay rayos UV, desecación y altas temperaturas. Y la voy a usar en el mismo momento en que estoy aplicando herbicidas, insecticidas, nutricionales y otros productos”, explicó la microbióloga.

Por eso, además de seleccionar la cepa, hubo que desarrollar una formulación capaz de mantener vivas grandes concentraciones de microorganismos y hacerlas compatibles con las mezclas que habitualmente utiliza un productor.

Luego vinieron los ensayos de invernadero y las pruebas a campo. De ese proceso surgió Nitrobac Evo, el biofertilizante foliar que Koppert presentó en los últimos meses y que utiliza aquella cepa seleccionada originalmente a partir de la caña de azúcar.

Mirá la entrevista completa:

La particularidad es que no se aplica sobre la semilla ni sobre las raíces, como ocurre con muchos inoculantes conocidos por los productores, sino sobre una planta ya desarrollada. La bacteria ingresa por las hojas, coloniza sus tejidos y comienza luego a fijar nitrógeno atmosférico.

Eso no significa, aclaró Monteleone, que pueda reemplazarse toda la fertilización nitrogenada de un cultivo. “Lo que estamos aportando es una fuente complementaria en un momento diferente”, explicó.

Según detalló, una vez aplicada la bacteria vía foliar necesita primero colonizar el tejido y recién unos 15 o 20 días después empieza a ejercer plenamente su función. La intención es que el cultivo disponga entonces de una vía adicional de provisión de nitrógeno en una etapa en la que muchas veces ya resulta complicado volver a entrar al lote para fertilizar.

La aplicación foliar también abrió otra posibilidad tecnológica: utilizar drones para depositar el producto directamente sobre las hojas, aunque también puede aplicarse con maquinaria convencional.

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Pero Monteleone sabe que con los productos biológicos aparece inevitablemente una pregunta: cuánto hay efectivamente comprobado y cuánto puede haber todavía de promesa alrededor de tecnologías que el productor ni siquiera puede ver dentro del bidón.

“Uno compra un envase con un producto biológico y es un agua con algo ahí que se mueve, pero uno no ve nada”, reconoció.

Por eso sostuvo que la carga de la prueba recae en buena medida sobre quienes desarrollan esos insumos. No alcanza, dijo, con conseguir un microorganismo interesante en un laboratorio: hay que verificar cómo funciona frente a las condiciones reales de un lote, con las aplicaciones, mezclas y manejos que efectivamente utiliza el productor.

Incluso los tiempos pueden ser distintos a los de un producto químico. Monteleone puso como ejemplo los bioinsecticidas basados en hongos: mientras un insecticida convencional puede mostrar rápidamente el volteo de una plaga, el microorganismo primero debe depositarse sobre el insecto, colonizarlo y finalmente matarlo, un proceso que puede demandar varios días.

Por eso, frente a la pregunta de si confía en que estas tecnologías realmente funcionan, la microbióloga puso una condición antes que cualquier acto de fe.

“La clave es la ciencia y la validación a campo. Yo puedo tener el mejor producto en el laboratorio, pero si lo pruebo en el campo y no es compatible con el agroquímico que más usa el productor, estoy afuera. Si hacemos todas las cosas bien, hay muy pocas chances de que el resultado beneficioso no se vea”.

Fuente: https://bichosdecampo.com/emilia-monteleone-describe-el-largo-proceso-para-lograr-un-nuevo-bioestimulante-o-de-como-una-bacteria-de-la-cana-de-azucar-termino-nutriendo-al-maiz-y-fijando-nitrogeno/

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