
“Hay que estar medio loco para aventurarse”, dice Humberto Castro: Fue el primero en cosechar trufas en la Patagonia y ahora será pionero en producirlas en raíces de nogales y avellanos con doble propósito
A sus 77 años, Humberto Castro, desde su lugar en el mundo, en una pequeña chacra ubicada en Choele Choel, en el Valle Medio de Río Negro, afirma con orgullo que fue el pionero en la producción...
A sus 77 años, Humberto Castro, desde su lugar en el mundo, en una pequeña chacra ubicada en Choele Choel, en el Valle Medio de Río Negro, afirma con orgullo que fue el pionero en la producción de trufas en la Patagonia argentina, un delicioso hongo que crece bajo tierra, junto a las raíces de ciertos árboles y que se apoda “el diamante negro de la cocina”.
Pero como si fuera un joven que recién se lanzara a la vida, este chileno adoptado por la Argentina sigue lleno de sueños y va por más, porque ahora está probando de inocular las esporas o “semillitas” del hongo en las raíces de diversos árboles, con doble propósito, cosechar hongos debajo y otros frutos arriba.
Lo está haciendo en 18 plantas de nuez pecán, en 390 avellanos, ahora en un tilo y un pino, y a futuro en 350 almendros que ya tiene plantados. Es que además, destaca que su mérito está en que, siendo un hongo oriundo de regiones alpinas, él lo hace a apenas 170 metros sobre el nivel del mar y a orillas de una laguna.
A cada momento, Humberto resalta que no se guarda ningún secreto sobre este buen negocio, ya que cada kilo de trufas hoy se puede vender a Europa en mil dólares. Lo que aclara además es que no persigue el lucro como primer objetivo, sino que más bien lo toma como un juego que lo mantiene activo y saludable, demostrando que la vejez no es necesariamente improductiva. Asegura que sobra mercado mundial a futuro y que producir trufas no sólo puede ser una fuente de ingresos para mucha gente en nuestro país, sino que su ideal es que dejaran de ser tan caras y que más población pudiera acceder a consumirlas, porque hasta se les están descubriendo propiedades anticancerígenas.
Mirá la entrevista completa:
Humberto Castro nació en 1948, en el bellísimo pueblo de Curanilahue, provincia de Arauco, una zona minera de carbón en el sur de Chile. Se crió en Argentina, en la ciudad de Bahía Blanca, luego estudió ingeniería en su país natal y regresó para trabajar en YPF, que le asignó en 1974 como destino de trabajo, la estación de bombeo en la localidad de Chimpay, en el Valle Medio de Río Negro, el pago natal de Ceferino Namuncurá. “Desde aquel momento, el Valle Medio pasó a ser mi lugar en el mundo”, expresa feliz Humberto.
Curiosamente, un petrolero venezolano le marcó el destino de su vejez, cuando en una charla en 1995, le predijo que se vendrían tiempos difíciles y le aconsejó invertir sus ahorros en algo productivo, para sumar a su jubilación. Fue así que compró una chacra de 5 hectáreas y lo asesoraron en que produjera cerezas. En 1997 puso 1500 plantas de cerezas, que daban 10.000 kilos por temporada.
Luego Castro sumó pelones, pero en 2010 abandonó esos cultivos a causa de una gran crisis. Justo un experto chileno le aconsejó apostar a las trufas y en 2011 plantó 250 robles y encinas, mezclados, sabiendo que como mínimo, había que esperar 8 años para que empiecen a cosecharse las primeras, si bien en la jerga se habla de “cazar” trufas, porque se adiestran perros para que con su olfato hallen su ubicación bajo tierra. El de Castro nos revolotea alrededor mientras hacemos esta nota para Bichos de Campo.
Humberto apostó al hongo “Tuber melanosporum” de invierno, porque también hay trufas de verano. Y si bien la teoría aconseja como ideal que cada árbol tenga libres 20 metros a su alrededor para poder extender sus raíces, él lo hizo de modo concentrado por su falta de espacio, plantando un árbol cada 4 metros y dejando una “calle” de 5 metros de ancho, para que se desarrollen de modo más salvaje y natural. En total, ya tiene 600 plantas de diversas especies, pero su última cosecha fue de 10 kilos y un cuarto de trufas, extraídas de su primera plantación de robles y encinas, que le podrán dar hongos durante los próximos 50 años.
Explica el mismo ex petrolero devenido en agricultor: “El hongo se saca entre junio y agosto, las heladas y el granizo no lo perjudican, sino que cuanto más frío hace, más perfumadas salen las trufas. El único problema está en las altas temperaturas, a partir de los 41 grados, porque necesita humedad. Por eso coloqué unas mangueras con aspersores que a la tarde refrescan la tierra con una lluvia artificial. Cada árbol me da entre 100 y 250 gramos de trufas. Mi señora, Mónica, se volvió la especialista en el adiestramiento de los perros, que las hallan con precisión”.
Humberto quiere destacar que la producción de trufas es, además de un buen negocio -porque el último año la trufa se pagó a 1400 dólares el kilo-, es de bajo costo en cuanto a logística y ecológico. Pero ahora está abocado, junto a una geóloga amiga, en lograr que sectores de menor poder adquisitivo puedan acceder a producir las trufas, ya que “la inversión para producir en una hectárea es de unos 30.000 a 40.000 dólares”, asegura.
Y Castro finaliza: “Esto me mantiene activo, me obliga a caminar mucho, en un paisaje totalmente saludable. Y sueño con que en esta zona llegue a haber muchos productores de trufas, en pequeñas parcelas de 2 a 3 hectáreas, y que lográramos bajar el precio a, por ejemplo, 500 dólares el kilo, para que quienes nunca hubiesen podido probar las trufas, lo puedan hacer, ya que son muy ricas”.
Mientras sueña con eso, ensaya si es posible producir trufas en otras especies. Ya se verá.