
Los Rey, una historia de colonos que se hizo empresa: De los inmigrantes saboyanos que recibieron 33 hectáreas a la sexta generación que armó un grupo empresario polirubro en Santa Fe
“Contar esta historia es contar lo que ocurrió con miles de familias del interior argentino”, dice Roberto Rey. Y tiene razón. La trayectoria de su familia resume buena parte del proceso de c...
“Contar esta historia es contar lo que ocurrió con miles de familias del interior argentino”, dice Roberto Rey. Y tiene razón. La trayectoria de su familia resume buena parte del proceso de colonización agrícola que transformó a Santa Fe desde mediados del siglo XIX. Una historia que comenzó con inmigrantes franceses llegados desde Saboya y que hoy encuentra a la sexta generación al frente de empresas vinculadas a la agricultura, la ganadería, la lechería y los servicios agropecuarios.
“Todo nace allá por 1858, cuando llegaron los primeros inmigrantes a la colonia San Carlos”, recuerda Roberto Rey quien trabaja codo a codo con su hermano Gustavo.
Su familia vino de Saboya, una región ubicada entre Francia, Suiza e Italia. Aquellos colonos llegaron escapando de la pobreza. “Venían a hacer la América. La estaban pasando muy mal en Europa y acá tampoco fue fácil. No había infraestructura para nada”, relata.
El gran salto familiar llegó con su abuelo Fernando Rey, quien comenzó a comprar las pequeñas parcelas de sus hermanos y armó una empresa agropecuaria basada en agricultura y ganadería. “Era fanático de la hacienda. Compraba animales en distintas zonas de la provincia y los embarcaba en tren hacia frigoríficos y mercados”, cuenta.
Con una visión poco común para la época, expandió la actividad hacia el norte santafesino, donde llegó a reunir unas 1.300 hectáreas. “Era un visionario. Cuando venía una sequía sacaba créditos para comprar hacienda barata y esperaba que lloviera para engordarla”, recuerda su nieto.
Tras la muerte del fundador, seis de sus nueve hijos decidieron seguir trabajando juntos. Esa estructura familiar se mantiene hasta hoy. “Tenemos una especie de estatuto informal: un hijo de cada rama debe estar dentro de la empresa, con las botas puestas”, explica Roberto.
La evolución del negocio acompañó los cambios del agro argentino. A fines de los años noventa la familia creó Cerealera Siglo XXI, dedicada al acopio de granos y a la multiplicación de semillas. “Somos semillero multiplicador, acopiamos cereales y también tenemos transporte propio para llevar los granos a puertos y molinos”, señala.
La diversificación continuó con la incorporación de un tambo familiar. La oportunidad surgió cuando familiares de la rama materna decidieron retirarse de la actividad. “Nos miramos entre mis hermanos y dijimos: ‘Vamos a probar’. Nunca habíamos hecho tambo”, recuerda. Hoy manejan un establecimiento de 200 hectáreas con unas 250 vacas en ordeñe.
A eso se suma una empresa de servicios agropecuarios especializada en cosecha y confección de reservas forrajeras, una actividad en la que sus hermanos se fueron profesionalizando hasta incorporar tecnología y capacitación internacional.
La historia de los Rey muestra cómo aquellas pequeñas parcelas entregadas a los inmigrantes fueron convirtiéndose en empresas familiares cada vez más complejas, acompañando la evolución productiva de la región. Cierto que en el medio muchas otras familias rurales quedaron en el camino.
Pero Roberto también tuvo una activa participación gremial. El conflicto por las retenciones móviles de 2008 fue el punto de partida. “Fui a la ruta como tantos productores. Hoy no lo volvería a hacer porque entendí que había que ayudar desde adentro”, admite.
Poco después ingresó a la Sociedad Rural de San Carlos, donde fue vicepresidente y luego presidente. Esa experiencia le permitió conocer problemas que exceden a su propia empresa. “Cuando te ponés el chaleco de dirigente tenés que olvidarte de tus necesidades tranqueras adentro y velar por todos los productores”, afirma.
Aunque reconoce que la dirigencia rural suele recibir críticas, reivindica el compromiso de quienes dedican tiempo a las instituciones. “Le restás horas a tu familia y a tu empresa, pero alguien tiene que estar ahí defendiendo temas como los impuestos, los caminos rurales o la seguridad”, sostiene.
Tras finalizar su mandato, volvió a concentrarse en las actividades productivas. Sin embargo, mantiene intacta la convicción sobre la importancia de la representación gremial. “Uno trata de dejar un granito de arena. El partido se juega todos los días y alguien tiene que estar ahí representando a los productores”, concluye.