
Nubes: Hay más certificación y mejores prácticas en Neuquén, pero el negocio de la lana sigue peleando contra el clima, los altos costos y la falta de gente para trabajar
La última zafra lanera 2025/26 en Neuquén dejó números que invitan a un optimismo moderado, que se traduce en “más animales bajo protocolo Prolana, más kilos certificados y mejores práctic...
La última zafra lanera 2025/26 en Neuquén dejó números que invitan a un optimismo moderado, que se traduce en “más animales bajo protocolo Prolana, más kilos certificados y mejores prácticas productivas”. Pero cuando se raspa un poco la superficie, aparece la otra cara de la actividad: una cadena que sigue siendo frágil, muy dependiente del clima y con problemas estructurales que se repiten año tras año.
El dato más relevante es que la lana certificada bajo Prolana volvió a crecer y fueron 212 mil kilos, apenas por encima del ciclo anterior. También subió con fuerza la cantidad de animales dentro del sistema, que alcanzó más de 60 mil ovinos, el valor más alto de la serie.
Hasta ahí, todo bien. Pero cuando se comparan las últimas zafras, la estabilidad brilla por su ausencia. El stock ovino, por ejemplo, pasó de trabajar con 220 mil cabezas en 2020/21 a poco más de 174 mil en la actualidad, con una caída fuerte desde principios de la década.
La producción total de lana directamente parece un electrocardiograma que va de casi 500 mil kilos en 2020/21, desplome al año siguiente, rebote posterior, entre otros factores.
En cambio, donde sí hay una tendencia clara es en la cantidad de lana certificada, que pasó de 128 mil kilos a más de 212 mil, consolidando un cambio de paradigma. Cada vez más productores se suben al esquema de calidad, empujados tanto por la necesidad como por los incentivos.
El porcentaje de lana Prolana llegó a picos llamativos, como el 70% en 2021/22, aunque después volvió a niveles más “normales”. Traducido, se puede decir que hay avances, pero todavía no hay un sistema consolidado.
Uno de los cambios más importantes es el avance de la esquila pre-parto, que ya explica cerca de la mitad de los trabajos certificados. Mejora la calidad, el rendimiento y hasta el bienestar animal. Es, en teoría, un win-win.
El problema es que en el campo la teoría dura lo que dura el buen clima. Cuando llueve o se complican las condiciones -como pasó en la temporada 2021/22-, las esquilas se postergan y todo el esquema se desordena. Así de simple, y así de frágil.
Hoy esquilar un animal en Neuquén puede costar desde 2.400 pesos hasta más de 7.000 pesos, dependiendo de la zona, la comparsa y, muchas veces, la oportunidad.
En algunos casos los precios suben simplemente porque no hay suficientes esquiladores. El resultado es un mapa totalmente desparejo, donde productores que hacen básicamente lo mismo enfrentan costos completamente distintos.
Otro tema es el mercado. Durante buena parte de 2025, las licitaciones para vender lo producido en la zafra directamente no tuvieron oferentes. Las empresas no convalidaron precios o directamente no mostraron interés.
¿La razón? Un combo de crisis internacional y nuevas exigencias. Hoy los compradores buscan cada vez más lana con certificación como Responsible Wool Standard (RWS), un estándar internacional voluntario que garantiza el bienestar animal (incluyendo la prohibición del mulesing), la gestión sostenible de las tierras de pastoreo y la trazabilidad de la lana desde el campo hasta el producto final. Sin eso, vender se vuelve cuesta arriba.
En ese contexto, la provincia de Neuquén salió a empujar con incentivos directos: 1.500 pesos por kilo para lana certificada contra 400 pesos para la común. El “Programa de Incentivo para la Producción Ganadera Neuquina Fase V”, está destinado a incentivar la producción ganadera bovina, ovina, caprina y porcina mediante la asignación de recursos según los esfuerzos y resultados productivos, el cuidado ambiental y las buenas prácticas.
El sector lanero enfrenta un problema aún más silencioso -y quizás más grave- que atraviesa toda la actividad: faltan manos.
Se capacita gente, se organizan cursos, se forman esquiladores, pero muchos no siguen. El oficio no seduce, no retiene y no compite con otras opciones laborales.
El resultado es un cuello de botella cada vez más evidente. Sin gente que esquile, no hay lana que vender, por más certificación que exista. El balance de la zafra es, en definitiva, el de un sector que avanza en lo técnico pero sigue en deuda en lo estructural.
Hay más calidad, más profesionalización y más conciencia de mercado. Pero también hay costos desordenados, dependencia total del clima, falta de mano de obra, y dificultades para vender,
Neuquén produce mejor lana que antes y su desafío es lograr que ese esfuerzo cierre del todo en el negocio.