
Una miel de historias: Sebastián González Tomas apostó por la industrialización y, para hacer algo distinto, desarrolló mieles varietales que se abren paso en mercados de alto valor
Se estima que, por la diversidad de floraciones y climas, en Argentina se producen alrededor de 80 variedades diferentes de miel. Y eso representa tanto una fortaleza como un desafío para apicultu...
Se estima que, por la diversidad de floraciones y climas, en Argentina se producen alrededor de 80 variedades diferentes de miel. Y eso representa tanto una fortaleza como un desafío para apicultura, que tiene un largo recorrido y ubica al país en el puesto a nivel mundial en producción, pero tiene como cuenta pendiente trabajar en el valor agregado y diferenciar esos grandes volúmenes.
Para ello, la cadena trabaja de forma bastante organizada en un doble propósito: por un lado, promover el trabajo industrial sobre este alimento, pero a la vez también su consumo; dos caras de una misma moneda muy valiosa.
Ese es uno de los objetivos que persigue la Semana Nacional de la Miel, en la que Bichos de Campo recuperó historias muy interesantes del sector. Entre ellas está la de Sebastián González Tomas, un apicultor que dice tener hoy las únicas mieles varietales de alta calidad en el país.
Nacido y criado en Choele Choel, a orillas del Río Negro, Sebastián es un aficionado al canotaje y un apasionado por la apicultura. De familia de productores frutícolas, en realidad llegó a esa actividad casi de casualidad, cuando la curiosidad de ver las colmenas en la chacra de su tío, y los consejos de un amigo, terminaron por hacer que le “picara el bichito” de la miel.
Fue así como, de muy joven, ingresó a la actividad. Se formó, se convirtió en apicultor y empezó a distribuir sus colmenas por campos amigos. Naturalmente, el valle medio rionegrino es muy bueno para esta producción, por la alta disponibilidad de agua y la floración temprana, todo lo que necesitan las abejas para producir en cantidad.
“Acá tenemos una de las primaveras más tempranas del país, porque la fruta de carozo, que es lo que primero florece, ya empiezan en agosto. En este valle todas las mieles son de mucha calidad y además son muy ricas, y es eso lo que me terminó motivando a abrir mi propia sala de extracción”, recordó Sebastián.
Generalmente, la apicultura evoca la imagen del productor de traje trabajando en el campo, pero tiene también su otra pata, igual de importante: la industrial. Luego de recolectar los cuadros en la camioneta, el apicultor debe trasladarlos rápidamente a la sala de extracción, que generalmente es de terceros, para procesarlos y obtener finalmente la miel.
Es un proceso de trabajo que, cuanto más cuidado se hace, mayor calidad y valor genera. Y para el que, considera Sebastián, lo ideal es tener a un apicultor al frente. “Tiene que ser un colega el que haga un servicio de extracción, porque el apicultor sabe la hora que sale, pero nunca la hora que llega. Yo vivo acá y estoy dispuesto a recibirlo a cualquier hora, estoy de guardia en cada temporada”, señaló.
Mirá la entrevista completa:
A escasos metros de la orilla del río, con un paisaje espectacular de fondo, Sebastián montó una sala de extracción de punta, con tecnología de alto nivel y habilitada incluso para la exportación. Todo el proceso realizado allí dentro es sin agregados de ningún tipo y a baja temperatura, lo que respeta la calidad del producto.
“Nosotros nos distinguimos por hacer la separación de la miel y la cera con una prensa en frío”, explicó. Luego, se lleva a cabo un trabajo manual, cuando con un cuchillo se corta la cera y se deja decantar la miel, para finalmente colocar esos cuadros en una centrifugadora de alta velocidad que los termina de limpiar.
Antes, el final del proceso era uno solo: se llenaban grandes tambores habilitados por Senasa para exportar. Ahora, desde mediados del año pasado, Sebastián ofrece otra alternativa: destinar esa miel a su nueva sala de fraccionamiento, donde se trabaja en el agregado de valor.
Dice todavía estar aprendiendo del proceso, pero tiene muy en claro que lo suyo no es únicamente dividir esos tambores de 200 litros en pequeños frascos. “Hay que hacer algo distinto. Hay mucha miel en el mercado y es necesario generar valor agregado al producto”, aseguró.
Así como pasa con los vinos, también se pueden distinguir las mieles por sus varietales, ya que todo depende de la floración que utilice la abeja. Las hay de flores silvestres de la isla, como trébol, melilotus, olivillo y tamarisco, y una amplia variedad de flores de la estepa, como jarilla, piquillín y alpataco. Todas ellas permiten obtener mieles de alta calidad.
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Y eso es lo que obsesionó a Sebastián, que creó su propia marca, “Puras” y se lanzó al mercado con una propuesta de alto valor, donde distingue en cada pote el origen de ese producto.
“Es una miel que es para un público que busca otra cosa”, destacó.
El clima seco del valle les permite mantener una humedad muy baja, de no más del 16%. Por eso venden su producto en los tradicionales potes de cartón de dulce de leche, los que, en algún momento, Sebastián sueña con ver salir del país. Cabe destacar que Argentina sólo compite en volumen con su miel, y el desafío por delante es abrirse a mercados de nicho para aprovechar también la altísima calidad que tiene.
“La proyección de aquí a tres años es poder empezar a tener esas experiencias en países cercanos, como Paraguay, Uruguay, Bolivia o Brasil, donde no está tan desarrollada la apicultura”, expresó el apicultor, que, finalmente, deja poco tiempo para el canotaje con todo el trabajo que le genera la industria que montó.
Fotos: En punto, Diario Río Negro