
De Ucrania a Irán, la postal que se repite: Por qué los productores argentinos deberían ser los primeros pacifistas y bregar en contra de las guerras
Nunca es buena una guerra. No lo es en términos humanitarios, por supuesto, pero tampoco productivos. Sobrada evidencia arrojan los conflictos precipitados durante los últimos años, como la inva...
Nunca es buena una guerra. No lo es en términos humanitarios, por supuesto, pero tampoco productivos. Sobrada evidencia arrojan los conflictos precipitados durante los últimos años, como la invasión rusa a Ucrania iniciada en 2022, o el enfrentamiento en Medio Oriente, que ya exhibió también sus “coletazos” para el sector agropecuario.
Es toda una cadena la que cruje al calor de las armas, con un circuito que, al menos en Argentina, se repitió prácticamente sin alteraciones con el estallido de cada una de estas guerras: un aumento inicial del precio de los commodities que rápidamente es absorbido por el aumento de los costos, y termina poniendo en jaque la competitividad del sector
Pasó en 2022 y pasa ahora en 2026. Un recorrido apoyado en cifras que ilustra cómo el agro argentino debería ser uno de los primeros en bregar por la paz mundial.
La razón por la que el sector productivo termina siempre en negativo con cada foco de conflicto internacional es sencilla: Argentina no es autosuficiente ni en términos energéticos ni en fertilización, justamente los dos sectores que, como van de la mano, mayor dinamismo expresan en épocas de guerra.
Como la producción de fertilizantes nitrogenados demanda de altas cantidades de gas natural, todo aumento energético impacta necesariamente sobre ese insumo. Y es un incremento que necesariamente se siente dentro del lote, ya que el país importa el 70% de los fertilizantes que consume anualmente.
Del mismo modo, el “shock” sobre el precio de los combustibles también incrementa los costos de forma directa, ya que encarece la logística hacia los puertos y también puertas afuera.
Ni en 2022 ni en 2026 esos embates pudieron ser contrarrestado por la suba del precio de los commodities, que sí generaron récords exportadores pero fueron luego absorbidos por el alza en las importaciones y, por ende, de los costos.
Un caso paradigmático es el de la urea, el fertilizante fosfatado más utilizado por la producción agrícola y el que, por ende, marca el pulso de la relación entre granos e insumos.
Tanto a raíz de lo ocurrido en Europa del Este, como en Medio Oriente, el precio de la urea atravesó saltos significativos. En 2022 llegó a tocar picos de 900 dólares por tonelada y se cerró el promedio en torno a los 700 dólares. Tras un período de estabilización -que se observó en una recuperación de los niveles de consumo tanto en 2024 como 2025- la guerra en Irán provocó una nueva alza, que llegó a tener picos de 680 dólares por tonelada y se espera que siga evolucionando.
Lo cierto es que, más allá de esas alzas estacionales, en el acumulado el precio de la urea no volvió a los niveles anteriores a la guerra de Ucrania, que era alrededor de 250 dólares por tonelada. Y desde entonces, registra una variación mayor al 170%.
Lo mismo ocurre con el precio del combustible, que no sólo responde a la volatilidad internacional, pero depende mucho de ella. Hoy el gasoil oscila los 1,4 dólares el litro, un valor históricamente alto para el país, explicado tanto por los ajustes devaluatorios y tarifarios como por los conflictos armados, que en ambos casos elevaron el precio del barril por encima de los 100 dólares.
Un informe difundido por el Ministerio de Economía en febrero del 2023 estimaba que el conflicto entre Rusia y Ucrania ya se había cobrado casi 5000 millones de dólares en las cuentas públicas argentinas.
La principal razón es que ambos países son importantes jugadores en los mercados internacionales de petróleo y gas. Por poner un ejemplo, el gas de Bolivia subió un 114%, el GNL un 233% y el gasoil un 85%.
Eso provocó que, entre 2022 y 2023, las importaciones energéticas duplicaran su precio en dólares, lo que tuvo impacto sobre los surtidores locales y hasta motivó -al igual que ocurrió hace pocos días nuevamente- ceses en la actividad de los transportistas de cereales.
Por aquel entonces, el impacto del precio de la energía también generó sobrecostos en la logística marítima: con un nivel de embarques mínimos, en 2022 el precio del flete se ubicó casi un 40% por encima del 2021 y cerca de tres veces lo pagado en 2020.
De todos modos, aquello que ocurría a 12.000 kilómetros de distancia mostraba su peor faceta en lo que respecta a los fertilizantes, que afrontaron incrementos de hasta el 100% durante los primeros meses y, en sólo un año, provocaron una caída estrepitosa en el consumo local (de más del 30%), con su consiguiente recorte de rendimientos (ya de por sí complicados por la sequía de entonces).
Por poner un ejemplo del impacto sobre los costos agrícolas, en julio de 2022 se necesitaba en Argentina entre un 30% y un 39% más de grano para comprar la misma cantidad de fertilizantes que en 2021. Y a pesar de que se importó un tercio menos de ese insumo, ese año el sector demandó un 20% más de divisas.
Ahora, Estados Unidos e Israel arremeten contra Irán en Medio Oriente. Y esta guerra juega un capítulo muy específico en el estrecho de Ormuz, un punto logístico fundamental por el que atraviesa más de un tercio de la urea importada por Argentina. Eso es lo que provoca una nueva alza en los precios de este insumo, justamente tras haberse registrado incrementos en su adopción el año pasado.
Una vez más, entonces, la postal se repite para el agro. Los aumentos de los combustibles (de más del 25% en poco más de un mes) se precipitan al de los fertilizantes (en el caso de la urea, de más del 40% acumulado) y recortan márgenes productivos.
Y no sólo para la cosecha gruesa, que sufrió sobre todo el incremento de los fletes, que hoy representan en torno al 15% del costo de la cosecha. El último estudio difundido por la Sociedad Rural Argentina, hace un mes atrás, ya indicaba que el costo de producir trigo en la campaña 2026/27 podría incrementarse hasta un 11%, con mayor impacto en los establecimientos más alejados de los puertos. En algunos casos, el aumento podría equivaler a unos 58 dólares por hectárea.
Eso indica que, como será costoso encarar la campaña fina, hacia adelante el panorama no es más alentador para los productores.
En cuanto a los fertilizantes, por su parte, un reciente informe del Banco Mundial augura que los precios seguirán aumentando el resto del año. Si continúan las hostilidades en Medio Oriente, y sigue habiendo presión sobre el costo del gas natural, el organismo advirtió que el precio promedio de la urea en 2026 podría superar los 700 dólares -promedio- registrados en 2022, lo que marca su segundo nivel real más alto desde 1974 y la ubican casi 60% por encima de los niveles de 2025.